Si no gano, lo dejo

Alejandro Tovar González*

Joaquín Valdés, psicólogo deportivo de la selección española de futbol comenta: “a base de entrenamiento, de esfuerzo y talento se llega a la excelencia”. En la vida se persiguen metas y objetivos, para lo cual es necesario desarrollar competencias, no en el sentido de estar midiéndose con alguien más todo el tiempo, a ver quién lo hace mejor, quien es más rápido o fuerte, sino entendiendo la competencia desde el enfoque de desarrollo de cualidades, donde se es competente porque sabemos echar mano de aquello que sabemos y con lo que contamos para poder resolver problemas. Pero no sólo estancarse ahí sino enrolarse en una dinámica de mejora continua, en la que aprendemos, crecemos y nos desarrollamos tanto en las destrezas como en nuestra calidad de ser humano.
La frustración nace cuando las cosas no salen como yo quiero, cuando la situación ideal que deseaba choca con la realidad y no empata, entonces existen muchas posibilidades de abordarlo, pero enfoquémonos en dos primordiales: lloro, me tiro, maldigo y me siento tan desgraciado porque el mundo no gira en torno a mis deseos; o hago contacto con mi emoción, reconozco que me dolió, que me hubiera gustado que el resultado fuera diferente y me permito expresar tristeza o enojo (ninguno de los dos es “malo” en la justa medida) y después fluyo. Obtengo el aprendizaje de la situación y reconozco los aciertos. Esta es una actitud útil, provechosa.
Es bueno que los niños se frustren porque desarrollarán habilidades y una mentalidad más flexible. Pero para que estas situaciones sean edificantes es necesario que el cuidador primario, aquel adulto que se encarga de su crianza, desarrolle también las habilidades necesarias para aprender y crecer continuamente. Un padre que piensa que el segundo lugar es el primer perdedor, o que se tiene que demostrar en todo momento que se es “mejor” que el otro opacándolo, desplazándolo, poco puede aportar al respecto. O bien una madre que pasa horas frente al espejo, que desea vehementemente operarse para ser más atractiva o que se empecina en demostrar un estatus social al que ni siquiera pertenece; estos niñotes berrinchudos poco pueden aportar en el manejo saludable de la frustración. Son personalidades que se derrumban cuando la realidad no encaja con sus necesidades narcisistas.
Para sobreponerse a una situación adversa es necesario recuperar la motivación, para lo cual es elemental tener objetivos. Si aquello que me motivaba ya no existe, el camino es buscar nuevos motivos, así de sencillo. Un nuevo objetivo nos lleva a movernos. Pero ¡ojo! Hay que ser racional y realista. Las metas deben ser alcanzables, medibles, y para ello hay que diseñar un plan; de otro modo, solo quedará en idea, en ilusión. Es indispensable ser realista. “Perder es algo que va a llegar, y cuando llegue hay que sacarle partido” dice Valdés.
Obstáculos habrá siempre; si nos derrumbamos al primero, será imposible lograr algo significativo. No podría ser de otro modo. Es en la adversidad donde se desarrolla la resiliencia, donde existe una coyuntura para poder crecer y donde, si no se alcanza lo deseado, no es sinónimo de fracaso sino una puerta a la posibilidad de aprender. Si modificamos la creencia de “ganas o pierdes” por algo más amigable y constructivo como: a veces se gana y a veces se aprende, entonces el fracaso – desde una perspectiva neurótica de hacerse infeliz – ya no tiene lugar.

*Licenciado en Filosofía / Psicoterapeuta Cognitivo-Conductual/Doctorado en Psicología
Miembro de la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha, España

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