América, fichajes que sacuden

Tomás Setién Fernández
El Mundo de Orizaba

En ese entonces, había que hacer algo para contrarrestar la fama del Guadalajara, y el escuadrón del América tomó al toro y a las Chivas por los cuernos, comenzando su expedición de comprar a jugadores extranjeros que vinieran a alborotar el propio fútbol mexicano rentado, en su mejor expresión y división.
Por eso aquel viaje de Guillermo Cañedo a Brasil, en donde el mejor directivo que ha tenido el América en su historia, no quiso que le contaran, sino contemplando por sí mismo, las cualidades de un par de jugadores amazónicos, José Alves Zague y Francisco Moacyr, que luego, luego pasaron la prueba de fuego y fueron contratados en su propia patria, para engrosar las filas de los entonces apodados azulcremas en aquella temporada 1963-64, en donde la dupla no le falló a nadie, estableciendo una delantera ágil, contundente y espectacular a todas luces.
Zague, para decirlo pronto, fue el primer gran ídolo tenido por la afición americanista, serio fuera de la cancha y en el terreno de juego un espléndido delantero, que tenía como su mejor arma el remate con la cabeza, surgiendo sus remates con la velocidad y el peso de una bala de cañón.
Por su parte, Moacyr fue un serio delantero que se entendió a la perfección con el apodado Lobo Solitario, enteramente profesional, llevando prendidas las medallas igual que Zague de un bicampeonato de Copa y una conquista de torneo de Liga, como parte de esa plena identificación.
Por cierto, José Alves, padre de Zaguinho, colgó los botines como jugador profesional jugando para los Tiburones Rojos del Veracruz, teniendo también la anécdota que fue prestado al equipo de los Pumas, para la disputa de un cuadrangular que se jugó en Ciudad Universitaria ante conjuntos colombianos.
Hoy en día, todo lo que huela a UNAM y América son guerras civiles y enconadas.