Invierno en la iglesia

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Muchos cristianos se sienten sacudidos en su misma identidad. No están seguros de ser creyentes. Tampoco aciertan at comunicarse con Dios. Algunos hablan de la «secreta increencia» que crece en el interior mismo de la Iglesia. Por otra parte, no parece que las Iglesias locales, estén consiguiendo transmitir la fe a las nuevas generaciones.
También es frecuente la pérdida de credibilidad. La Iglesia ya no despierta la confianza de hace unos años. Su palabra no tiene el peso moral de otros tiempos. La autoridad religiosa es cuestionada dentro y fuera de la Iglesia. Al cristianismo se le piden hechos, no discursos.
Además, «lo cristiano» parece cada vez más irrelevante socialmente. En algunos ambientes, su actuación ni siquiera es considerada digna de discusión o de crítica.
Es necesaria la radicalidad, es decir, el retorno a las raíces. Es difícil saber de qué modo o con qué medios hacerla, pero, si el cristianismo estuviera marcado por la radicalidad, surgiría la primavera en la Iglesia.
La Iglesia tiene que desprenderse de falsas seguridades para acompañar a los hombres y mujeres de hoy en la búsqueda de sentido y esperanza.
Ha llegado el momento en que la Iglesia, olvidando cuestiones secundarias, ha de escuchar la llamada de Jesús: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar reino de Dios».
Jesús no aceptó ninguna forma de violencia. Al contrario, la quiso eliminar de raíz. No hay duda alguna. Lo han proclamado siempre los cristianos y lo afirma rotundamente la investigación actual. La no violencia es uno de los rasgos esenciales de la actuación y del mensaje de Jesús. En el relato de Lucas, Jesús reacciona enérgicamente y reprende a sus discípulos porque desean que «el fuego del cielo» destruya a los odiados samaritanos, que no los han acogido.
Si algo quiso Jesús fue arrancar de las conciencias la imagen de un Dios violento. Sus gestos, sus palabras, su vida entera revelan un Dios Padre que no se impone nunca por la violencia. Para Jesús, acoger el reino de Dios significa precisamente eliminar toda forma de violencia entre los individuos y entre los pueblos. Su mensaje es siempre el mismo: «Dios es un Padre que está cerca. Solo quiere una vida más digna y dichosa para todos. Cambien su manera de pensar y de actuar, y crean en esta Buena Noticia».
Hay que cambiar y creer en el Dios de Jesús. No es absurdo intentar caminos no violentos. Lo absurdo es que haya todavía alguien que siga creyendo en la guerra a pesar de tantos siglos de su bárbara inutilidad.