Sólo Dios lo sabe (última parte)

Una mejor manera de vivirpor Tere Gómez Torres

Los años siguientes a los cincuenta, si los vivimos bien, son más largos que los que van de los veinte a los cincuenta. En realidad, en esta etapa tenemos más tiempo del que creíamos tener. La clave para expandirlo es profundizar más en el presente. Al hacerlo descubriremos en él algo maravilloso: unas opciones que ignorábamos tener en la época en la que vivíamos a un ritmo demasiado acelerado como para verlas.
En un determinado momento de la vida, la mayoría hemos experimentado lo suficiente el mundo como para no ser ya más unos ingenuos. Sabemos lo que nos da y lo que nos quita. Tenemos recuerdos felices y recuerdos dolorosos. En ambos casos, nuestro reto consiste en no apegarnos a ellos.
Mientras sigamos con vida, hay una posibilidad de amar. Y donde hay amor, siempre hay esperanzas. Sea lo que sea lo que el espejo te muestre, lo que tu médico te diga o lo que el sistema afirme, siempre hay esperanza. A veces es tentador creer que lo echaste todo a perder en el pasado y que ahora no puedes hacer nada para remediarlo. O que la crueldad del mundo te ha vencido y que ya no puedes levantarte. Pero el milagro de la edad madura consiste en que nada de lo que te ha sucedido hasta este momento tiene nada que ver con lo que puedes alcanzar a partir de ahora, salvo que lo que aprendiste en todo ese tiempo puede ser el combustible para un magnífico futuro.
Los milagros ocurren en cualquier instante cuando das lo mejor de ti. No es la cantidad de años que tenemos lo que determina la vida que llevamos, sino la cantidad de amor que albergamos. Nuestro futuro no está determinado por nada de lo que nos haya ocurrido hace veinte, treinta años o incluso diez minutos antes, sino por quién somos y qué pensamos en este preciso instante. Casi cada hora de cada día estamos en una situación que puede ser muy distinta de las anteriores, porque ahora sabemos algo que antes ignorábamos. Y de este nuevo ser brotan unas nuevas oportunidades que no podíamos siquiera imaginar.
En una ocasión tuve una experiencia que me deprimió muchísimo. Me sentía herida por algo que me había ocurrido en el pasado y apenas tenía esperanzas en el futuro. En aquella época me mudé a una casa junto al mar, desde la que veía cada día los amaneceres más hermosos de toda mi vida. Cada mañana el cielo parecía un grabado japonés que hubiera cobrado vida, con las oscuras ramas de los árboles tornándose de un verde intenso, mientras por encima de ellas el cielo de color ébano adquiría un ardiente tono rosado y por debajo de ellas era de un bello y brillante azul turquesa. Nunca antes había experimentado la naturaleza con una espiritualidad tan profunda. Aquella experiencia fue extraordinaria. Estaba convencida de que me habían llevado hasta aquella casa y la maravillosa vista que se veía desde el dormitorio para que pudiera curarme.
Cada día mis ojos se abrían automáticamente cuando el sol salía. Me quedaba en la cama y no sólo contemplaba el amanecer sino que además dejaba que entrara en mí. La imagen de la salida del sol -de un nuevo día saliendo de la oscuridad de la noche- se grabó en mis células. Y una mañana, mientras contemplaba el amanecer, fue como si oyera la voz de Dios diciéndome: “Ésta es la labor que haré dentro de ti”. Yo también iba a experimentar un amanecer después de la oscura noche de mi alma.
Dios me ofrecía un nuevo comienzo. Estaba seguro de ello. Y mientras cerraba los ojos y volvía a dormirme, le dí las gracias de todo corazón.
Y mi corazón se curó…“
Tu Mundo es como tú eres obsérvate y compruébalo y cuando lo aceptes…. busca el cambio

Los comentarios y puntos de vista expresados en esta página son cortesía y responsabilidad de quien los escribe, además de que no representan necesariamente el punto de vista de Sociedad Editora Arróniz