¿Libre o preso de mí?

El tema de la libertad nos conduce a la más simple acepción de: “Facultad que tiene el ser humano de obrar o no obrar según su inteligencia y antojo”. Y aunque parece algo tan simple, obvio y deseable, la realidad indica que esto no es así. Cuestionamiento filosófico básico este, ¿realmente somos libres? Variedad de argumentos a favor y en contra, diferentes vertientes y cosmovisiones y, por lo tanto, diferentes conclusiones. Pero partiendo de la postura sartreana elemental: la libertad es elegir. Somo arrojados al mundo y una vez ahí, el transcurrir de la vida será un dinamismo entre elección, acción y reacción, que nos conducirá a escenarios distintos, más o menos favorables; que no son premios ni castigos sino simples consecuencias.
Es aquí donde surge el miedo a la libertad que propone Fromm; aquella facultad de la que muchos (as) intentan escapar deliberadamente pues no han sido educados para afrontar las consecuencias de sus actos, no quiere tomar las riendas de su vida – pase lo que pase – gustan de las rosas, pero no de las espinas. Y entonces resulta más cómodo que alguien elija o decida por mí, para así poder decir: todos tienen la culpa menos yo. Desde una perspectiva psicológica, esta es la base del trastorno dependiente de la personalidad, caracterizado por un estado ansioso ante la idea del abandono o la soledad, así como la evitación de la responsabilidad, dando como resultado personas sumisas, pasivas, con dificultad para tomar decisiones o expresar lo que sienten o necesitan, capaces de aguantar maltrato con tal de mantener una relación.
Fernando Savater (1947 -), popular pensador español enfocado a la ética y la docencia expone, retomando a Sartre, que “no somos libres de elegir lo que nos pasa, sino libres de responder a lo que nos pasa, de tal o cual modo”. Esta es una realidad innegable y la base de la terapia cognitiva: no es el hecho, sino la interpretación que hacemos, lo que nos hace responder de uno u otro modo. De igual manera, en la vida nos enfrentamos día a día con situaciones que no dependen de cada uno, en las que quizá nada tenemos que ver y que incluso no propiciamos, pero sí tenemos que sortearlas y es aquí donde ejercemos (o deberíamos ejercer) la libertad, asumiendo, obviamente, las consecuencias. “Libertad es poder decir sí o no, digan lo que digan los demás… pero también darte cuenta de que estás decidiendo. Lo más opuesto a dejarse llevar”.
Finalmente, es importante destacar la libertad como agente constructor de nuestra realidad, del presente y del futuro. De la nada, nada puede salir; si nuestra situación es tal como es, hay un origen, un detonante, una causalidad. No somos responsables de haber nacido en una familia pobre o de haber sido dañados, pero sí somos libres de elegir continuar en esa circunstancia o cargando con el peso del pasado. Tampoco somos responsables de la violencia o vicios de nuestra pareja o algún familiar, pero sí cómplices del mismo si seguimos ahí o lo solapamos. El presente es, en gran medida, resultado de las acciones u omisiones del pasado, así que la labor es proyectar el futuro y actuar con congruencia. Es así como dejamos de ser presos.

 

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