Franco, francamente

Talavera Serdán
Grupo Arróniz

ELIZABETH TAYLOR y Richard Burton jamás fueron tan deliciosamente des-aparejados que en La Fierecilla Domada (1967). Su director-guionista no toma tan literalmente de Shakespeare; más tarde, retomándolo, nos da una sublime Romeo y Julieta (´68) con novatos preciosos, Leonard Whiting y Olivia Hussey, que a su favor tuvieron la edad apropiada de los trágicos protagonistas.
FRANCO ZEFIRELLI (1923-2019) era melómano excepcional, lidiando con Divas como La Callas (a quien dirige en su “Aída”, y las pirámides de Egipto como marco), la Tebaldi, la Stratas. De hecho, inicia dirigiendo óperas y videos musicales, hasta que se anima a domar la pareja del momento Burton/Taylor y consigue un film extraordinario.
Suyo es el clásico que nos dan en tele cada Semana Santa, Jesús de Nazareth (´77), con reparto kilométrico (Anne Bancroft, Laurence Olivier, Anthony Quinn, Robert Powell -el titular–, Ernest Borgnine, Michael York, Claudia Cardinale, Valentina Cortese, Ian McShane, y uff!). Cuando viene a México a promocionarlo, lo conozco de manera curiosa:
COMO DESEÁBAMOS traerlo a Cineteca, Nicole Dugal, la directora, me pide encargarme. Voy al nuevo, laberíntico Hilton sobre Paseo de la Reforma; al fondo de la recepción, la torre de salas de conferencias. Su charla en el 4º piso, pasando entre mariachis y un pianista, me trepo por una plataforma espiral, llego y abro el portón que me parece el del Cielo (grande y pesado), y al entrar todo mundo voltea, incluyendo a signore Z y su invitado James Farentino, su San Pedro en la cinta.
Me siento en la primera silla que hallo, un tanto abochornado, mientras colegas de los diarios grandes hacen preguntas como “¿le gustan las enchiladas?”, él contesta con las manos: “claro”, desganado… “¿dirigiría a María Félix?, respuesta: ”Desde luego, sabiendo quién en esa dama“, y así; hasta que decido participar, pregunto (en inglés) que cómo había sido trabajar con la temperamental Callas varias veces, la Tebaldi y sus inicios como director de óperas a escala grande, y sobre otros de sus films.
LA ENORME SALA queda silente unos segundos, veo a Zeffirelli, levantado de su asiento como buscando algo, dice ”¡¿quién habla mi idioma… y mi lenguaje!?, refiriéndose al inglés, su segundo idioma -dominaba varios–, y a la ópera. Tibiamente me alzo con todo y mano…
“¡Banbino, caro, amas la ópera y el cine!, y de ahí todo fue entre ambos (la traductora no alcanza a traducir, y está como espectadora en juego de tenis). Nadie se refería a Farentino, y también hablo con él, mientras la mayoría me lanza miradas de puñal (nadie más vuelve a intervenir), cerca de terminar, Franco baja del podio a saludarme de mano: ”Muchas gracias. Estaba muy aburrido, debemos vernos de nuevo.“ No podía creerlo, aunque saqué varios enemigos que me decían ”sangrón… acaparador… presumido.“
Pasan años, en ´59 triunfa en taquilla con El Campeón, de John Voight, viene de nuevo a México a promover su nuevo éxito popular, Amor Eterno (con Brooke Shields, ´81), esta vez en Cineteca. Yo bajando del área de dirección, lo veo bajar por la otra escalera concéntrica que casi se tocan en piso firme. Viene con una cauda de reporteros y, de pronto, grita mi nombre desde el otro. Nos juntamos abajo, se me acerca, abraza efusivamente y me planta beso en ambos cachetes… ”Franco, ¿me reconoces?, le digo aún sorprendido. Su respuesta, única, como a él: “¡¿Como podría olvidarme del hombre que entró a mi conferencia con un mariachi detrás”!?. Hasta entonces entendí que al abrir aquél portón, todo el ruido de los señores toca-rancheras penetraba conmigo.
GENEROSO, FRANCO me invitó a su casa en Florencia, que aprovechó mi amada mentora Marcela Palafox, que me echaba en cara mi tontería de no aceptar, y me decía: “Franco te envía saludos!”.
Zeffirelli fue nominado Oscar, por dirigir Romeo y Julieta, y por la dirección de arte en su rodaje de “La Traviata”, que le valió un Bafta, el Emmy, y un Globo de Oro. Sigue dirigiendo óperas, cuya pasión superaba al cine, aunque nos da otra sorpresa con su contundente Hamlet, apareando a los estupendos el Gibson y Glenn Close, y la deliciosa y, se dice, autobiográfica Té con Mussolini (del ´90 ambas), juntando en la última a Cher con Judy Dench, Maggie Smith, Joan Plowright y Lily Tomlin. Aún hace la bio ficticia Callas Forever (2002), en tributo a su amiga-musa, con la divina Fanny Ardant y Jeremy Irons. Un corto homenaje a Roma (la ciudad, y donde muere) y el video poco visto, El Infierno de Zeffirelli, de 2016, a los 93.
Hijo ilegítimo de un mercader de Florencia, Franco estudia arquitectura antes de dedicarse de lleno al teatro donde se da conocer, capta el ojo de Hollywood, y nacen sus triunfos comerciales.
APARTE DE sus piezas maestras y comerciales, y los hermosos videos de sus óperas (Otelo, Cavalleria Rusticana, Pagliacci, Don Carlo) deja un hijo muy guapo, Luciano, que anuncia su muerte este sábado 15, a los 96.
Franco vivió como murió: rodeado de amigos, célebres y no, de mucho arte, de seguro escuchando o viendo a sus divas operísticas que contribuyeron a su fama y popularidad. Hey! Franco, soy yo. Tampoco te olvidaré.