Sólo Dios lo sabe

Una mejor manera de vivir
Tere Gómez Torres

“En un momento u otro de la vida a casi todos nos han acosado los fantasmas de aquello que lamentamos.
Hay algunas cosas que desearíamos no haber hecho y otras que desearíamos haber hecho.
Desde los miembros de la familia a los que no prestamos la debida atención hasta los amigos que abandonamos, desde las formas irresponsables de actuar hasta las oportunidades desaprovechadas, ahora nos parece entender con claridad las situaciones que no entendíamos mientras las vivíamos.
Y durante los años que descartamos despreocupadamente aquello que más tarde veríamos como las cosas más importantes de la vida, no dejamos de quejarnos tristemente de que no entendíamos nada.
Todo ese tiempo en que ansiábamos darle un sentido a lo que estábamos viviendo no lo que encontrábamos ¡simplemente porque no supimos interpretar la situación que teníamos frente a nosotros!
La situación no es la que nos da el significado, somos nosotros los que se lo damos.
Pero en aquella época ¡quién iba a saberlo!
Es horrible reconocer que no siempre trataste la vida con el merecido respeto.
Y para los que pertenecemos a la generación de la década de 1960 que ahora nos encontramos en la edad madura, es un descubrimiento muy habitual.
Al quebrantar algunas de las obsoletas reglas morales, quebrantamos también algunas eternas.
No significa que esté en contra de la actitud rompedora de rebeldía de aquella época, ya que en muchos sentidos fue una explosión creativa en nosotros y en el mundo. Pero había una sombra, como la hay en todo. Y en un determinado momento afrontar tus propias sombras es el único modo de hacerlas desaparecer.
Aquella noche oscura del alma -en la que afrontamos arrepentidos los errores cometidos en el pasado- es como conseguir una entrada para acceder a una edad madura revitalizada.
A veces hay que perdonar décadas de experiencias vividas antes de sentirnos libres para seguir avanzando.
Muchas personas hemos enviado o recibido cartas o hecho llamadas telefónicas diciendo cosas como: ”Siento mucho haberte dañado, en 1985 era un idiota“. Al margen de lo mal que lo hayamos pasado hasta llegar a este punto, es muy gratificante sentir que nos hemos desprendido de ciertas cosas del pasado para que pueda crecer algo nuevo.
Algunas personas se preguntan por qué la energía de su vida parece estar estancada, cuando en el fondo lo único que les impide avanzar es que no están dispuestas a enfrentarse a lo que aún deben afrontar: las sombras que no reconocen tener y las correcciones que necesitan hacer para liberar su energía y volver a poner sus motores en marcha. Mientras sigamos estancados internamente, nuestra vida lo estará externamente. La única forma de ampliar nuestro conocimiento de la vida es estar dispuesto a profundizar en ella. Da lo mismo si el problema ocurrió hace décadas, el reto consiste en afrontarlo y resolverlo ahora, para que en las décadas que te quedan por delante te hayas liberado de la trampa kármica de volver siempre a repetir los mismos desastres del pasado.
Continuará…
Aquello que parece ser una reducción en la velocidad de nuestros motores suele ser todo lo contrario.
El trabajo interior resulta a veces más fácil cuando estamos sentados reflexionando que cuando vamos a toda prisa de un sitio para otro. Una agenda muy llena nos impide mirar con más profundidad en nuestro interior, pero en la edad madura esta frenética actividad ya no puede funcionarnos ni nos funciona. Llevar un estilo de vida más pausado, encender velas y poner música suave en casa, hacer yoga, meditar y hacer otras cosas parecidas son signos de un reverdecer interior. Significa que nos estamos concentrando en cambios que nos ayudan a conocernos más a fondo.
Conozco a una mujer que empezó una terapia a los ochenta. Intentar entender su propia vida, aunque fuera a una edad tan avanzada, no sólo le fue bien a ella sino que también mejoraron las conversaciones que mantenía con sus hijos, las cuales afectaban a su relación con ellos, y el hecho de conocerse más a sí misma desencadenó una interminable serie de milagros.
Al llegar a la edad madura la mayoría acarreamos un montón de sufrimiento emocional procedente de las situaciones que nos han impactado. Este dolor puede envenenar nuestro organismo o abandonarlo. Son las dos únicas opciones que tenemos.
A veces una depresión es para el alma lo que la fiebre es para el cuerpo: un medio de quemar lo que es necesario quemar para recuperar la salud. Algunas noches oscuras del alma duran meses o años, en cambio otras sólo una o dos noches. De cualquier manera, forman parte de una desintoxicación mística del miedo y la desesperanza acumulados. Cualquier pensamiento que no hayamos reconciliado con la verdad permanece en nuestra ”bandeja de entrada“ psíquica, o en la papelera, sin desaparecer por completo del ordenador. Cualquier energía que no saquemos a la luz, aceptemos y transformemos sigue sepultada en la oscuridad, con lo que es una fuerza insidiosa que está atacando constantemente nuestro cuerpo y nuestra alma.
Aunque hayas llevado una vida excelente, a no ser que hayas vivido en un pueblo rural aislado donde todas las personas que te rodeaban eran buenas contigo todo el tiempo, seguramente acarreas algún tipo de sufrimiento. A los treinta y cuarenta estabas tan ocupado que podías olvidarte de él con las distracciones de tu vida, pero a los cincuenta y más ese sufrimiento te obliga que lo oigas.
Y lo oirás.
Y es mucho, muchísimo mejor oírlo en tu cabeza y en tu alma que de boca del médico cuando te comunique que por desgracia los resultados de la prueba médica que te has hecho no son buenos.
En la edad madura una de las trampas más perniciosas del ego es el miedo que sentimos de ”estar quedándonos sin tiempo“. Sin embargo, cuando nuestra conciencia se expande, el tiempo también se expande.
En realidad, nuestro enemigo no es el tiempo, sino la falsa idea que tenemos de él.
La Biblia afirma: ”No habrá más tiempo“, pero esta frase, en lugar de anunciar el fin del mundo, quizá nos indica que dejaremos de experimentar el tiempo tal como lo hemos hecho hasta ahora.
Los años siguientes a los cincuenta, si los vivimos bien, son más largos que los que van de los veinte a los cincuenta. En realidad, en esta etapa tenemos más tiempo del que creíamos tener. La clave para expandirlo es profundizar más en el presente. Al hacerlo descubriremos en él algo maravilloso: unas opciones que ignorábamos tener en la época en la que vivíamos a un ritmo demasiado acelerado como para verlas.
En un determinado momento de la vida, la mayoría hemos experimentado lo suficiente el mundo como para no ser ya más unos ingenuos. Sabemos lo que nos da y lo que nos quita. Tenemos recuerdos felices y recuerdos dolorosos. En ambos casos, nuestro reto consiste en no apegarnos a ellos.
Mientras sigamos con vida, hay una posibilidad de amar. Y donde hay amor, siempre hay esperanzas. Sea lo que sea lo que el espejo te muestre, lo que tu médico te diga o lo que el sistema afirme, siempre hay esperanza. A veces es tentador creer que lo echaste todo a perder en el pasado y que ahora no puedes hacer nada para remediarlo. O que la crueldad del mundo te ha vencido y que ya no puedes levantarte. Pero el milagro de la edad madura consiste en que nada de lo que te ha sucedido hasta este momento tiene nada que ver con lo que puedes alcanzar a partir de ahora, salvo que lo que aprendiste en todo ese tiempo puede ser el combustible para un magnífico futuro.
Los milagros ocurren en cualquier instante cuando das lo mejor de ti. No es la cantidad de años que tenemos lo que determina la vida que llevamos, sino la cantidad de amor que albergamos. Nuestro futuro no está determinado por nada de lo que nos haya ocurrido hace veinte, treinta años o incluso diez minutos antes, sino por quién somos y qué pensamos en este preciso instante. Casi cada hora de cada día estamos en una situación que puede ser muy distinta de las anteriores, porque ahora sabemos algo que antes ignorábamos. Y de este nuevo ser brotan unas nuevas oportunidades que no podíamos siquiera imaginar.
En una ocasión tuve una experiencia que me deprimió muchísimo. Me sentía herida por algo que me había ocurrido en el pasado y apenas tenía esperanzas en el futuro. En aquella época me mudé a una casa junto al mar, desde la que veía cada día los amaneceres más hermosos de toda mi vida. Cada mañana el cielo parecía un grabado japonés que hubiera cobrado vida, con las oscuras ramas de los árboles tornándose de un verde intenso, mientras por encima de ellas el cielo de color ébano adquiría un ardiente tono rosado y por debajo de ellas era de un bello y brillante azul turquesa. Nunca antes había experimentado la naturaleza con una espiritualidad tan profunda. Aquella experiencia fue extraordinaria. Estaba convencida de que me habían llevado hasta aquella casa y la maravillosa vista que se veía desde el dormitorio para que pudiera curarme.
Cada día mis ojos se abrían automáticamente cuando el sol salía. Me quedaba en la cama y no sólo contemplaba el amanecer sino que además dejaba que entrara en mí. La imagen de la salida del sol -de un nuevo día saliendo de la oscuridad de la noche- se grabó en mis células. Y una mañana, mientras contemplaba el amanecer, fue como si oyera la voz de Dios diciéndome: ”Ésta es la labor que haré dentro de ti“. Yo también iba a experimentar un amanecer después de la oscura noche de mi alma.
Dios me ofrecía un nuevo comienzo. Estaba seguro de ello. Y mientras cerraba los ojos y volvía a dormirme, le dí las gracias de todo corazón.
Y mi corazón se curó…”
Tu Mundo es como tú eres, obsérvate y compruébalo y cuando lo aceptes…. busca el cambio

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