Mirado el cielo

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Sin duda, este día va a ser recordado por mucho tiempo y por millones de habitantes de este destartalado planeta en que vivimos. La transmisión de la primera imagen de un agujero negro, tomada por una red de ocho telescopios distribuidos por todo el mundo, marca un hito de trascendencia en el mundo de la ciencia. Y no es para menos la euforia, no solo de los astrónomos y físicos a quienes se debe esta proeza, sino también de quienes hemos sido aficionados a ver el cielo, casi invariablemente durante cada noche.
Como lo explican los científicos, un agujero negro es un cuerpo con tal cantidad de masa que genera un campo gravitacional tan potente que se traga toda materia que pase por su campo de atracción, incluyendo los rayos luminosos. De ahí que en el centro de ellos podemos decir que no hay luz, o mejor, que esta ha sido tragada ingerida por la masa de ese astro.
Lo que se alcanza a ver como anillos son las radiaciones de los gases atraídos que alcanzan temperaturas de millones de grados y que aún escapan a la atracción gravitacional del cuerpo astral.
Este agujero negro fotografiado se encuentra en el centro de la galaxia Messier 87 (M87), en el conjunto de galaxias Virgo; tiene 6 500 veces la masa de nuestro sol y está a una distancia de 55 millones de años luz. Sabemos que un año luz es la distancia que recorre la luz a unos 300 000 kilómetros por segundo durante un año… Para más “fácil”: hay que multiplicar 300 000 por el número de segundos que tiene un año, de lo cual resulta una distancia de unos 9 billones 461 millones de kilómetros aproximadamente. Y esto habrá que multiplicarlo por 55 millones, tarea que dejamos a los matemáticos. Para simplificar podemos decir que la luz que se logró percibir de ese agujero negro tardó 55 millones de años en llegarnos a la Tierra. Para comparar las distancias, la luz del Sol tarda en llegarnos unos 8 minutos y 20 segundos.
Como nos lo explican los astrónomos, para lograr esta imagen, hace dos años se sincronizaron mediante relojes atómicos (prácticamente sin posibilidad de error) ocho telescopios ubicados en México (Sierra Morena), Chile, España, EEUU y en la Antártida, pues uno solo tendría que ser del tamaño de la Tierra. Los datos, obtenidos durante cinco días y calculados en cuatro millones de gigabytes, fueron procesados por un superordenador y el resultado es la imagen que hemos visto.
Estos datos son impresionantes, sin duda, pero sirven para poder dimensionar la importancia que tiene esa, aparentemente, sencilla imagen. Para la ciencia es trascendental y demuestra, una vez más, que las predicciones de Einstein eran acertadas en cuanto a que el espacio-tiempo podía ser distorcionado por la fuerza de atracción de un campo gravitacional producido por un cuerpo de una inmensa densidad. Lo que las matemáticas demostraron los telescopios comprobaron…
El cielo encierra misterios y espectáculos tan maravillosos como los contenidos en lo más pequeño de la naturaleza. Como lo hemos podido comprobar, a todos atrae, o puede fascinar, la observación de los cuerpos celestes. Observar la Luna, sus picos y cráteres, la constelación de Andrómeda, hermana de nuestra Vía Láctea, con su hermoso “ombligo”: la adiamantada estrella Sirrah; una hermosa nebulosa como la ubicada en la “espada” del cazador Orión, Betelgeuse, su gigante estrella roja, y la azulada Rigel; la brillantez de Sirio, la estrella más hermosa a nuestra vista de los mil millones que tiene la constelación el Can Mayor; admirar un sorprendente cúmulo globular o la espectacular familia de planetas de nuestro sistema solar, con el enigmático Venus y sus fases, los polos y los “canales” de Marte, los anillos de Saturno, Júpiter con su mancha roja, su cinturón y sus lunas, y hasta el huidizo Mercurio , , ,
Ahora, con la facilidad de adquirir un telescopio para aficionados, me parece que toda escuela (porque decir cada familia es una utopía que se aleja de nosotros a la velocidad de la luz) debería contar con uno para aprendizaje y deleite de niños y jóvenes. La iniciación a esta fascinante aventura de contemplar el cielo bien puede ayudar en mucho a la correcta orientación de la curiosidad y la capacidad de asombro con que cada ser humano es dotado desde su más tierna infancia y que son las condiciones primarias y fundamentales para encauzar el espíritu científico, del que tanto carece nuestro precario sistema educativo.
Un científico ha dicho que “la historia de la ciencia quedará dividida entre el tiempo antes de la imagen y el tiempo después de la imagen”, y ha subrayado que la colaboración internacional de los científicos “da una lección a los políticos” que aún sepan escuchar.
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