Mar y futbol

A Manera de Comentario
Tomás Setién Fernández

Al puerto de Veracruz había que ir a ver siempre la mar y el fútbol, en ese riguroso orden, por lo cual luego de irse a dar un baño, y a la vez a jugar una cascarilla de futbol en las playas de Mocambo, se imponía el ir a comer los tacos de carnitas, enfrente del Parque Díaz Mirón, para después tomar el camino correcto al viejo y conocido Estadio Veracruzano, más o menos a eso de las dos y media de la tarde, para adquirir el boleto de entrada, y poder ver a los Tiburones Rojos del Veracruz, con aquella su gran estrella Waldir Pereyra Didi, al cual la alegre tropa de animación jarocha, le había colocado por delante el mote de guerra de El Carbonero.
Cuando ya se llegó al aniversario numero 500 de la fundación del Puerto de Veracruz, hoy los recuerdos se agolpan en la mente, de los que viajábamos en tren tomando la ruta de Veracruz, más o menos a eso de las ocho de la mañana, siempre armados con un balón de hule o de plástico, que servia para la amena práctica en la arena antes de darse el inicial chapuzón en las playas jarochas.
Ya luego instalados en las tribunas del estadio Veracruzano, en donde el primer partido que contemplamos en vivo y a toda pasión y calor, fue la primera llegada de los Pumas de la Universidad al Puerto, dentro de un cotejo disputado al máximo, en donde el marcador final fue de empate a un gol, con dos penales al calce, los Tiburones tomando ventaja con el gol de Alejandro Majeswky, y Pumas empatando con el tanto de Carlos Alberto Etcheverry, se tuvo la suerte de ver a lo lejos al que siempre hemos considerado el entrenador que vino a cambiar moldes y estilos en el propio futbol mexicano rentado, el inolvidable Renato Cesarini, que dirigía a los universitarios.
Muchas veces a punto de sufrir insolaciones, ya que el calor a eso de las cuatro de la tarde los días domingos, era como para freír jaibas en la banqueta colindante al estadio en donde se jugaba a la vez béisbol y futbol profesional, con el glorioso Aguila de Veracruz y los Tiburones Rojos por delante, uno guarda el recuerdo de aquel gol histórico, anotado por Didi en un tiro de castigo afuera del área del equipo de Monterrey, dejando como estatua de cera a Jaime El Tubo Gómez, que escogió a los rayados como equipo para despedirse del balompié rentado azteca, un disparos que pareció que iba a sacar chichones al firmamento o al sol mismo, pero que de repente se clavo, y tanto, que se alojo en uno de los ángulos de la meta de la apodada Pandilla de Monterrey.
En ese Estadio Veracruzano colindante con la Ostioneria de Picalagua, se tuvo también la fortuna de contemplar el primer partido a nivel internacional que se guardo por siempre en el recuerdo, aquel en donde el Valencia le anoto media docena de goles a los porteños, que por entonces navegaban en los mares tormentosos de una propia Segunda División, llevando como jefe de estandarte al nunca bien llorado Carlos El Monito Carus.

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