Más admiración y menos envidia

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Alejandro Tovar González

Algo que hace mucha falta en la actualidad es desprendernos de la pesada carga de las emociones negativas, del arte de hacernos infelices. Un punto en concreto es la envidia, deporte nacional por excelencia, pero a la vez un pase a la insatisfacción permanente. La RAE define la envidia como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee. Si descomponemos dicha definición en sus pequeñas partes, nos queda, primero, una emoción básica que causa dolor, decaimiento. En segundo lugar, esta emoción está siendo provocada en nosotros por algo que ni siquiera depende de nosotros (el bien ajeno) y finalmente, el deseo de lo que no se posee nos genera más malestar al enfocarnos en algo carente, en lugar de aquello con lo que sí contamos.
El mecanismo antes descrito es el responsable del sufrimiento y las alteraciones del estado de ánimo hacia las denominadas emociones negativas (miedo, ansiedad, ira, tristeza y culpa). Pero estas no son generadas por los hechos en sí sino por la forma en la que los interpretamos, por aquello que nos decimos y que detona en nuestra mente el malestar. Es decir, inducimos nuestra amargura y sufrimiento.
Cayendo en la cuenta de esto, la pregunta es ¿por qué hacerlo? Quizá llevemos media vida haciéndolo, pero sí podemos identificar el proceso disfuncional (y lo estamos haciendo), es posible modificarlo; pero hay que implicarse, hay que tomar una postura activa de reestructuración, hay que deconstruir aquel esquema que se formó en nuestro cerebro y que, si lo pensamos bien, no nos está funcionando del todo.
La contraparte de esta situación es la admiración, concepto poco empleado más allá del gusto desmedido que podemos mostrar hacia un cantante o persona famosa. Entendamos como admiración aquella consideración especial que se siente o tiene por alguien debido a su competencia, talento o habilidad que suelen superar los estándares.
Es aquí donde nos topamos con el freno: que en nuestra cultura no se nos educa en el reconocimiento a lo bueno del otro, más bien incurrimos en la descalificación, en el demérito, intentando buscar el fallo en la persona en cuestión, para después argumentar que dada una condición en concreto (es hombre, es mujer, joven, viejo, gay, famoso, adinerado, etc.), lo que pueda lograr carece de un verdadero valor. Y es que cuando el autoconcepto es malo, reconocer lo bueno que puede tener o hacer alguien más sería el equivalente a “perder”, a ser inferior; y eso no ya podría tolerarse.
Sin embargo, implementar la admiración como una practica habitual nos aportará varios beneficios.
El primero de ellos, centrarnos emocionalmente en nosotros, al dejar de compararnos con lo que los demás hacen/tienen y nosotros no; pues no lo deseamos, sólo sonreímos ante los habilidades o logros de otro ser.
En segundo lugar, al admirar podemos extraer los puntos fuertes o alguna estrategia que ha beneficiado a alguien más y entonces poder incorporarla en nosotros; esto en el proceso terapéutico se llama modelado y es muy útil para adquirir nuevos comportamientos. Por mencionar uno más, admirar nutre nuestro ser, en lugar de mortificarnos, pues el logro ajeno no me quita nada, pues cada quien rema su propia canoa, tiene sus propias circunstancias y sus parámetros.
Comprender esto y llevarlo a cabo nos suma puntos a la salud mental. Hacer lo contrario, ya sabemos a qué nos conduce.

Los comentarios y puntos de vista expresados en esta página son cortesía y responsabilidad de quien los escribe, además de que no representan necesariamente el punto de vista de Sociedad Editora Arróniz