Pequeña joya eclesiástica

 

Los cristianos, dicen, erigieron sus iglesias hacia lo alto para obligar a sus fieles a elevar la vista al cielo. El Real Convento de Santa Rosa de Viterbo, fabricado por don José Velázquez de Loria y habitado por las hermanas terceras enclaustradas de San Francisco en 1670, es un espacio relativamente mínimo, con la parafernalia (elementos amados del catolicismo, como Jesucristo y desde luego la Virgen de Guadalupe) que resulta en vista sobrecogedora al ingresar: una amalgama entre la magnífica Capilla del Rosario en Puebla, y el Fuerte Knox, la alcancía de EU desde donde controlan todo el oro del mundo.

Iglesia de Santa Rosa de Viterbo
La sensación de estar ahí puede ser sobrecogedora, y memorable. Tras el altar mayor estilo barroco (destruido en 1849), hay en su lugar uno neo clásico que se conserva casi inalterado, aunque los retablos, labrados en madera y cubiertos con hoja de oro, lucen completos (una sacudida de polvo ayudaría).
El templo es de una sola nave, reforzada por fuera con un par de “ejes” enormes, que soportan los muros de la parte norte que, afirman, se hace para conservar la armonía interior entre las arcadas y las pechinas (elemento arquitectural de soporte).
Curiosa y misteriosamente, estos ejes los rematan sendas máscaras tipo tailandés en relieve. Afuera, atrae el primer reloj de tres carátulas creado en América (cada una de ellas indica hora distinta y, de hecho, no funciona). El templo se aprecia mejor desde la placita al frente norte donde suelen colocar esculturas enormes.
El interior de Santa Rosa de Viterbo es impresionante.
Cinco retablos barrocos cubren las paredes en la parte sur. Hacia el fondo, el ciprés neoclásico, aún rompiendo con el estilo, luce manufactura excelente, con la Virgen María y el Niño Jesús en la parte central, y Santa Rosa de Viterbo en la parte superior. Elemento bello aunque discordante: el púlpito ornamentado con incrustaciones de maderas preciosas, marfil, plata y carey.
El coro bajo, donde se hallan el retablo ecléctico, el órgano del siglo XVIII y la capilla del Santísimo, divide la nave por un panel con 15 medallones y una escultura de Jesucristo en la cruz. En el coro alto hay un órgano Walcker de principios de siglo, en restauración. La sacristía mayor y la menor están en el lado sur.
La sacristía menor comunica con lo que fue el convento, hoy ocupado por el CEART, el Centro Estatal de las Artes, con buena afluencia de alumnos. En los amplios jardines-estacionamiento, se conservan dos tramos de acequias, clausuradas, por donde fluía el río hacia el acueducto, y al interior del convento, se han respetado trozos de paredes originales, dándole un aspecto estéticamente curioso (los claustros hoy alojan exposiciones y oficinas del Centro Estatal de las Artes.
De vuelta a la iglesia, los medallones con pinturas de Miguel Cabrera enmarcados por guías de hojas verdes son notables. Las pilastras con bustos de doncellas asimismo se distinguen en cada retablo y delimitan las tres secciones de cada uno.
A estas alturas, sólo observar da deseos de volverse cristiano. O usurero. Detalles como la ornamentación en torno a los medallones, las puertas con acabado de ángeles sosteniendo el cortinaje que rodea la pintura central de la Inmaculada en su retablo, y la vitrina que alberga a San José, son idénticos.
A excepción de éstos, los demás retablos son de estilo único, como el primero al entrar, el de los Dolores o del Calvario. El culto a la Santa aún es sólido en Viterbo, Italia. Cada 4 de septiembre, las fiestas patronales, hay dos celebraciones en su honor, cuya vida, pese a lo breve (1233- 1252), es intensa.
A los milagros atribuibles se agregan el vaticinio que hace de la muerte del emperador Federico II, a favor del Papa Alejandro IV. El prestigio de la hermosa iglesia de la Santa, quien viste el hábito de “terciar” – por la Tercera Orden Franciscana– desde muy niña, influye en lo que es hoy el convento, inicialmente atendido por las piadosas hermanas Franciscanas de los Ángeles, Gertrudis de Jesús María y Clara de la Asunción.
Humilde, se convierte en el siguiente siglo, por disposición del virrey don Juan de Acuña, en el fastuoso templo que hoy se disfruta, erigido de 1728 a 1752. Y como dicen los gringos, es un “must”, algo obligatorio que locales o fuereños deberíamos experimentar.