Vivimos en la sociedad de la opinión

Alejandro Tovar González*

Con el surgimiento y posterior masificación del uso del internet se suponía entraríamos a una nueva era, una que el sociólogo español Manuel Castells denominó Sociedad del Conocimiento o Sociedad Red, donde debido a las transformaciones tecnológicas y el acceso a la información, tendríamos la disponibilidad de consultar prácticamente cualquier cosa e informarnos en tiempo real. Ya no había que acudir a la biblioteca, donde se contaban con 5 libros para 30 personas y había que transcribir o llevar la información a casa en copias apestosas a amoniaco; o quedarnos marginados en el conocimiento por no tener los recursos para acceder a él. Gracias al internet se consolidaría una sociedad investigadora, crítica, informada; vaya fracaso al respecto.
Quizá sentenciar que estamos en la era de los teléfonos inteligentes y la gente idiota (ignorante) sería algo extremo, por lo que nos situaremos en un punto medio: nos encontramos en la “sociedad de la opinión”. El filósofo italiano Umberto Eco señalaba esta tendencia a la expresión de la opinión como única verdad, a través de las redes sociales, en lo que él denominó “la invasión de los necios” y cito: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los necios”.
Hemos caído en un parloteo frenético, y dejado de escuchar a los que saben, a los expertos en el tema. Muy cierto es que cada uno tiene el derecho a pensar y expresar lo que le dé la gana, es la intersubjetividad humana; el espacio en común donde tenemos que interactuar para coexistir, gracias o a pesar de las diferentes formas de percibir e interpretar la realidad. No obstante, seria útil aprender a callar también, a escuchar, a evitar opiniones sin fundamento; volver a ser escépticos e inquisitivos en lo que a información se refiere, en lugar de andar creyendo, compartiendo y replicando “conocimiento basura” que abunda en las redes. Hay que profundizar y abrirnos al conocimiento en lugar de simplemente opinar.
Como en la construcción de un trabajo académico, es necesario un fundamento teórico, un respaldo; conocimiento científico que se puede enriquecer y contrastar con el empirismo, con aquello que podemos validar a través de los sentidos. Uno sin el otro está incompleto. Si nos remitimos a la distinción clásica entre opinión y conocimiento, planteada por Platón en La república, el filósofo expone que aquellos que se deleitan solamente en las experiencias de los sentidos, en los colores, en las figuras y en todos los objetos que las artes producen (lo que hoy llamaríamos el consumismo), no acceden realmente al conocimiento. El hombre que sabe es, en cambio, aquel que es capaz de observar tanto la cosa como aquello en lo que participa la cosa. Es decir, aquel que contempla la forma, idea o arquetipo que se manifiesta en una imagen particular, pero que persiste en su unidad inmutable.
En otras palabras: no hay que irnos con la finta y ser de la borregada, sino penetrar al fondo del asunto, ir a la causa, al origen, ver la regla detrás de aquello que sucede; eso es expandir el potencial cognitivo. Si devaluamos el conocimiento y nos ponemos sólo en las manos de la opinión, nos arriesgamos a naufragar como sociedad por defender el valor de la autoexpresión por sobre todos los demás; a caer en un nuevo oscurantismo, pero esta vez ya no por una imposición religiosa sino por una necedad y memez libremente elegida.

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*Licenciado en Filosofía / Psicoterapeuta Cognitivo-Conductual/Doctorado en Psicología
Miembro de la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha, España

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