A la luz de la mañana

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Tres tristes hermanas
La cobardía pregunta: «¿Es seguro?». «La oportunidad pregunta: «¿Es conveniente?». La vanagloria pregunta: «¿Es ventajoso?». La verdadera medida de un hombre se muestra no en los momentos de comodidad o conveniencia sino siempre que se enfrenta al peligro o al reto. Martin Luther King
Cobardía, Oportunidad, Vanagloria. Sí, son tres tristes hermanas que caminan por las sendas de la historia con su cortejo de adeptos. Nos lo recuerda en las líneas citadas un personaje que siempre las ha despreciado, Martin Luther King, sugiriendo en cambio el camino del coraje, del riesgo, de la laboriosa humildad. A él, asesinado en Memphis en 1968 a los 39 años, le encajan como anillo al dedo las palabras de Julio Cesar de Shakespeare: «Los cobardes mueren muchas veces antes de morir, mientras que los valientes prueban el sabor de la muerte una sola vez». No buscaba el provecho personal, el interés privado, como le sugería la Oportunidad, ni medía su entrega por el éxito prometido por la Vanagloria.
En cambio, tenemos que reconocer que el estilo de vida ensalzado por la sociedad contemporánea está totalmente resumido en aquella triste trilogía. Lo seguro, lo que conviene y lo ventajoso es la unidad de medida constante adoptada desde los políticos hasta el pueblo. En cambio, elegir la justicia, el amor, el esfuerzo y la entrega a los demás es un riesgo que se trata de evitar. Y así se llega a la mezquindad, la roñosería, la mediocridad; somos incapaces de un acto libre y gratuito, hasta el punto que, si alguien se muestra generoso, lo tachamos de falso o de ingenuo. La lección evangélica del perder para encontrar la aborrecen las tres hermanas. Para ellas el dar no es más gozoso que el recibir. Pero, al final, una vida sin riesgo, sin retos, sin generosidad ni libertad se parece a una aburrida tarde de invierno encerrado en casa, dejando transcurrir las horas…
Año 8 No. 436 Tel. 71 2 23 51 Córdoba, Veracruz.
Rectoría de San Antonio de Padua. Eucharistos

El programa de Jesús
Antes de narrar la vida de Jesús, Lucas quiere presentar su programa. Le interesa mucho, pues ese es precisamente el programa que han de tener ante sus ojos quienes le siguen.
Según Lucas, es el propio Jesús quien selecciona un pasaje del profeta Isaías y lo lee a los vecinos de su pueblo, para que puedan entender mejor al Espíritu que lo anima, las preocupaciones que lleva dentro de su corazón y la tarea a la que se quiere dedicar en cuerpo y alma.
«El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido». Jesús se siente «ungido» por el Espíritu de Dios, impregnado por su fuerza. Por eso sus seguidores lo llamarán «Cristo», es decir, «Ungido», y por eso se llamarán ellos mismos «cristianos». Para Lucas, es una contradicción llamarse «cristiano» y vivir sin ese Espíritu de Jesús.
«Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres». A Dios le preocupa el sufrimiento de la gente. Por eso su Espíritu empuja a Jesús a dejar su aldea para llevar la Buena Noticia a los pobres. Esta es su gran tarea: poner esperanza en los que sufren. Si lo que hacemos y decimos los cristianos no es captado como «Buena Noticia» por los que sufren, ¿qué Evangelio estamos predicando?, ¿a qué nos estamos dedicando?
Jesús se siente enviado a cuatro grupos de personas: los «pobres», los «cautivos», los «ciegos» y los «oprimidos». Son los que más dentro lleva en su corazón, los que más le preocupan.
¿Qué ha sido de la «gran preocupación» de Jesús? Hemos de ser honrados. Si no son ellos quienes nos preocupan, ¿de qué nos estamos preocupando? Jesús tiene claro su programa: sembrar libertad, luz y gracia. Esto es lo que desea introducir en aquellas aldeas de Galilea y en el mundo entero. Nosotros podemos dedicarnos a juzgar a la sociedad actual y condenarla; podemos lamentarnos de la indiferencia religiosa. Pero, si seguimos el programa de Jesús, nos sentiremos llamados a poner en el mundo libertad, luz y gracia de Dios.
La primera mirada de Jesús no se dirige al pecado de las personas, sino al sufrimiento que arruina sus vidas. Lo primero que toca su corazón no es el pecado, sino el dolor, la opresión y la humillación que padecen hombres y mujeres. Nuestro mayor pecado consiste precisamente en cerrarnos al sufrimiento de los demás para pensar solo en el propio bienestar.
Jesús se siente «ungido por el Espíritu» de un Dios que se preocupa de los que sufren. Es ese Espíritu el que lo empuja a dedicar su vida entera a liberar, aliviar, sanar, perdonar: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buen Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor».
Este programa de Jesús no ha sido siempre el de los cristianos. El conocido teólogo Johann Baptist Metz ha denunciado repetidamente este grave desplazamiento: «La doctrina cristiana de la salvación ha dramatizado demasiado el problema del pecado, mientras ha relativizado el problema del sufrimiento». Es así. Muchas veces la preocupación por el dolor humano ha quedado atenuada por la atención a la redención del pecado.
Los cristianos no creemos en cualquier Dios, sino en el Dios atento al sufrimiento humano. Al cristiano verdaderamente espiritual – «ungido por el Espíritu»- se le encuentra, lo mismo que a Jesús, junto a los desvalidos y humillados. Como ha recordado el cardenal Martini, en estos tiempos de globalización, el cristianismo ha de globalizar la atención al sufrimiento de los pobres de la Tierra.
Antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. Los cristianos han de saber hacia dónde empuja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguirle es precisamente caminar en su misma dirección. Lucas describe con todo detalle lo que hace Jesús en la sinagoga de su pueblo: se pone de pie, recibe el libro sagrado, busca él mismo un pasaje de Isaías, lee el texto, enrolla el volumen, lo devuelve y se sienta.
Todos han de escuchar con atención las palabras escogidas por Jesús, pues exponen la tarea a la que se siente enviado por Dios. Sorprendentemente, el texto no habla de organizar una religión más perfecta o de implantar un culto más digno, sino de comunicar liberación, esperanza, luz y gracia a los más pobres y desgraciados. Esto es lo que lee. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Al terminar les dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír».

OREMOS
Te damos gracias, Padre, porque hoy se cumple la Escritura
que nos habla de salvación y esperanza en Cristo Jesús, tu Hijo.
Él es tu palabra que nos revela tu nombre, tu amor y tu rostro.
Él es tu ungido, enviado para dar la buena notica a los pobres,
para restituir a los explotados y oprimidos la dignidad,
para inaugurar el tiempo de gracia y bendición de nuestro Dios.
Queremos, Señor, sumarnos a esa misión liberadora de Jesús,
restaurando con amor a su imagen primera la figura del hombre,
nuestro hermano, deformada y envejecida por tantas esclavitudes.
Ayúdanos en este empeño con la fuerza de tu Espíritu y concédenos
que nuestro momento fugaz madure en frutos de eternidad. Amén.

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