Una experiencia decisiva

René Cesa Cantón

Hasta hace poco, el individuo nacía con una religión como nacía con una lengua, una cultura o un pueblo. Bastaba con que no rompiera con ella para ser considerado «miembro» de dicha religión. La crisis religiosa extendida por los países occidentales está haciendo cada vez más difícil ese estado de cosas.
Ya no basta pertenecer más o menos pasivamente a una Iglesia. No es suficiente la supuesta adhesión a un conjunto de verdades religiosas transmitidas por la tradición. Cada vez va a ser más inviable vivir la fe como una herencia cultural o una costumbre social. En el futuro, para ser creyente cada uno tendrá que hacer su propia experiencia y descubrir que lleva en su corazón «un misterio más grande que él mismo» (H. U. von Balthasar).
No se trata de «psicologizar» la fe introduciendo también lo «psi» en la religión, según los gustos del hombre posmoderno, o de promover «comunidades emocionales» (Max Weber), donde el individuo se pueda defender de la «intemperie religiosa» encerrándose en una fe intimista y sentimental. Experiencia de Dios quiere decir fundamentalmente reconocer nuestra finitud, nuestra pequeñez y abrirnos con absoluta confianza a su Misterio.
Las personas intuyen en el fondo de su ser una presencia que, aunque puede generar temor, está reclamando suavemente nuestra confianza. Su presencia no es una más entre otras. No se confunde con nuestros gustos, miedos o aspiraciones. Es diferente. Viene de más allá, de más adentro que nosotros mismos. Podemos seguir ignorándola, pero también podemos acogerla. Primero de forma débil e indecisa, después con confianza y gozo.
La experiencia que vive Jesús al ser bautizado en el Jordán es modelo de toda experiencia cristiana de Dios. Cuando, en algún momento de nuestra vida -cada cual sabe el suyo-, «el cielo se rasga» y las tinieblas nos permiten entrever algo del misterio que nos envuelve, el cristiano, lo mismo que Jesús, solo escucha una voz que puede transformar su vida entera: «Tú eres mi hijo amado». En el futuro será difícil que haya
cristianos si no han tenido la experiencia personal de sentirse hijos o hijas amados de Dios.
Son bastantes los hombres y mujeres que un día fueron bautizados por sus padres y hoy no sabrían definir exactamente cuál es su postura ante la fe. Quizá la primera pregunta que surge en su interior es muy sencilla: ¿para qué creer? ¿Cambia algo la vida por creer o no creer? ¿Sirve la fe realmente para algo? Estas preguntas nacen de su propia experiencia. Son personas que poco a poco han arrinconado a Dios de su vida. Hoy Dios no cuenta en absoluto para ellas a la hora de orientar y dar sentido a su existencia.
Casi sin darse cuenta, un ateísmo práctico se ha ido instalando en el fondo de su ser. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Todo eso les parece un problema extraño que es mejor dejar de lado para asentar la vida sobre bases más realistas.
Dios no les dice nada. Se han acostumbrado a vivir sin él. No experimentan nostalgia o vacío alguno por su ausencia. Han abandonado la fe y todo marcha en su vida tan bien o mejor que antes. ¿Para qué creer?
Esta pregunta solo es posible cuando uno «ha sido bautizado con agua», pero no ha descubierto qué significa «ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo».
Encontrarse con Dios significa sabernos acogidos por él en medio de la soledad; sentirnos consolados en el dolor y la depresión; reconocernos perdonados del pecado y la mediocridad; sentirnos fortalecidos en la impotencia y caducidad; vernos impulsados a amar y crear vida en medio de la fragilidad.
¿Para qué creer? Para vivir la vida con más plenitud; para situarlo todo en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos más sencillos e insignificantes con más profundidad.
¿Para qué creer? Para atrevemos a ser humanos hasta el final; para no ahogar nuestro deseo de vida hasta el infinito; para defender nuestra libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo; para permanecer abiertos al amor, la verdad, la ternura que hay en nosotros. Para no perder nunca la esperanza en el ser humano ni en la vida.

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