El Chepe, tren con alma que recorre la magia del norte de México

Vista general del tren El Chepe que atraviesa las montañas de los estados fronterizos de Sinaloa y Chihuahua en uno de los recorridos más espectaculares de México entre profundos barrancos y cañones asombrosos. Foto: EFE.

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Chihuahua.- El tren El Chepe atraviesa las montañas de los estados fronterizos de Sinaloa y Chihuahua en uno de los recorridos más espectaculares de México entre profundos barrancos y cañones asombrosos.

El silbido que brota de las locomotoras rompe el silencio en la inmensidad de las agrestes montañas de Chihuahua y su eco rebota una y otra vez en los profundos cañones de México.

Dos máquinas, cada una con un peso de 120 toneladas, arrastran nueve vagones de pasajeros que en conjunto penetran en la Sierra Madre Occidental para recorrer 650 kilómetros en uno de los viajes más espectaculares del norte del país.

Las enormes letras pintadas en los costados del pesado conjunto de vagones y el sonido de las ruedas de metal pegando con los rieles anuncian a los pobladores de los estados fronterizos de Sinaloa y Chihuahua el paso de El Chepe, el único tren de pasajeros en México.

El sonido repetitivo del taca-taca jamás se detiene y el tren recorre tramos a 90 kilómetros por hora por distintas barrancas, entre ellas del Cobre, cuatro veces más grande que el Cañón del Colorado en Estados Unidos.

“El tren tiene alma, corazón y vida”, afirma a Efe Raúl Rodrigo Trujillo Gámez, el conductor del tren Chihuahua-Pacífico (Chepe), considerado como una maravilla de México que tomó casi 90 años y 90 millones de dólares en construirse.

La ruta diseñada para conectar el Océano Pacífico con Chihuahua fue inaugurada en 1961 con una línea que inicia al nivel del mar en Los Mochis y se eleva a una altitud de 2.500 metros cruzando 39 puentes y 85 túneles de gran calado que asombran.

“Es toda una experiencia de vida que sigo alimentando en cada viaje. Cada recorrido es la satisfacción del deber cumplido y poder servir a las personas”, agrega Rodrigo Trujillo, quien actúa como el capitán del tren que transporta a 65 integrantes de la tripulación y un promedio de entre 350 a 400 turistas.

Nacido hace 57 años en Madera, Chihuahua, Rodrigo Trujillo se considera un privilegiado por recorrer paisajes asombrosos que son incluso desconocidos para los propios mexicanos.

Desde la comunidad menonita, donde residen 40.000 integrantes del ortodoxo grupo cristiano; pasando por el pueblo de Creel, puerta de entrada de la Sierra Tarahumara, el hogar de los indígenas rarámuris; hasta las siete barrancas (Urique, Cobre, Sinforosa, Batopilas, Candameña, Chínipas y Oteros) que hacen el mejor viaje panorámico en ferrocarril de América.

“Es mi vida y es algo que aún me atrae, lo amo tanto, es mi único trabajo que he tenido en toda la vida y llegar a ser conductor de trenes fue un sueño que ambicioné desde niño”, cuenta el hombre de cuna de ferrocarrileros.

Al lado de su padre Raúl Trujillo, conductor de trenes, vivió gran parte de su infancia en un cabús, ese carro color amarillo que antaño era esperado por los chavales al final de la larga fila de carros de carga que serpenteaban sobre las vías en pequeños poblados y grandes ciudades.

“Era un gozo asar carnes a la plancha”, cuenta y recrea el interior de ese vagón como si estuviera en ese momento ahí: cuatro camarotes, mesa, estufa de combustible y la hielera repleta de cubitos de agua congelada que mantenían la carne para el gozo de la tripulación: maquinista y su ayudante, conductor y tres garroteros.

Cuando le quedan dos años para la jubilación, evoca tiempos pasados en tiempos presentes, trepado en una locomotora sobre una ruta inaugurada en 1961, que pasó a formar parte en 1987 del sistema ferroviario nacional y una década después concesionado a la empresa Ferrocarril Mexicano (Ferromex) que hoy opera el popular ferrocarril.

Las 16 horas de recorrido total, partiendo desde Chihuahua hasta Los Mochis, son una paso ininterrumpido de postales de paisajes con sus bosques de pinos, coníferas y encino; arroyos, ríos y lagunas que se convierten en espejos; montañas, cañadas y, por supuesto, el paso constante de los durmientes sobre el abrupto terreno.

“En las noches de luna llena era una maravilla ver el tren desde el cabús”, rememora y ese asombro sigue presente hoy en día en cada rincón y estación por las que para, entre ellas Los Mochis, El Fuerte, Divisadero, Creel, Barrancas del Cobre.

De vez en cuando, el cansancio genera que el conductor pelee con el tren, pero -dice Don Raúl- “es tan noble que nomas me escucha y me dice: te la compro, ve y descansa y aquí te espero, y siempre me está esperando”.