Papeles sueltos

Rubén Calatayud

Ya recibido de abogado sentí el anhelo de los jóvenes. Era el año de 1950 cuando le dije a mi padre: -Papá, quiero salir al mundo, de aventura o de destino, sentirme libre y viajar o andar lejos. Mis amigos recibidos están llamándome de México pero yo quiero llegar más allá. ¿Me das permiso? La respuesta fue inmediata: eso es natural, yo también sentí lo mismo pero tuve una dificultad: me casé a los 26 años con tu mamá y ahí terminaron mis deseos.
Mi padre me dio una carta para Fernando Casas Alemán, Regente de la Ciudad de México, le pedía que me recomendara en Relaciones Exteriores para que me dieran trabajo en algún consulado de cualquier país. Solo en los Estados Unidos nuestro país tenía dos mil consulados y creí que me sería fácil recibir el nombramiento donde fuera y “aunque sea de mozo”. No fue así, el funcionario que me atendió me dijo que no había dinero para todos los cónsules y que los nombrados, en su gran mayoría, no ganan más que lo que pescan. Igual pasaba con embajadas y demás de todo el mundo.
Al salir de Relaciones leí en un diario que habría contratación de braceros en Chihuahua y decidí irme allá; lo importante era pisar por primera vez otro país.
Un mes después pude salir hasta Chihuahua, llevaba poco dinero y el Lic. Mendívil me mandó 500 pesos. Una mañana tomé el autobús e hicimos 33 horas de viaje. De pasada vi los arcos de Querétaro, compré higos dulces en un pueblo por San Luis Potosí; luego, Aguascalientes, Zacatecas y Delicias, donde vendían uvas baratas por un sombrero lleno.
En la capital chihuahuense me encontré con el señor Polanco, coatepecano; había jalado con sus paisanos, que también se irían y me junté con los grandes: el Brujo, Fermín, Mora. Los jóvenes eran borrachos. Los viejos me invitaron a dormir en su hotelito, en el suelo.
Había ya 40 mil aspirantes que llenaban que llenaban la vieja estación del ferrocarril y se me aconsejó que mientras llegaban los americanos que trabajara lo más fuerte, pues me veían muy flaco y podía ser rechazado por los gringos.
La contrata llegó hasta septiembre; instalados en un sitio destinado a exposiciones fuimos instalados. Una noche vimos del lado de Ciudad Juárez los cohetes del 5 de septiembre.
Durante mi estancia en Chihuahua trabajé como media cuchara de albañil en un hotel que se estaba levantando a un lado de la carretera a Juárez. Mientras llegaba nuestro maestro albañil el otro media cuchara me dijo que el día iba a estar pesado porque el señor colaría arriba y había que cargar mucha mezcla. El “maistro” arribó en su bicicleta y me preguntó si sabía de ese oficio; tuve que demostrarle que por lo menos levantaba el bote de la mezcla campaneándolo y luego me pidió que le llevara un instrumento de trabajo que no conocía: el escantillón. Entonces me dijo que yo no conocía el oficio, preguntándome a qué me dedicaba. -Soy abogado. -Ah sí, pos yo soy ingeniero. Me preguntó de dónde era y le respondí que de Veracruz, eso lo maravilló porque le habían dicho que Veracruz era muy bonito.
Se corrió la voz de que yo era abogado y un señor me echó un torito: si yo cometo un delito en Estados Unidos ¿a dónde me juzgan? -Pues allá, donde delinquió. -No es cierto, aquí porque eres mexicano y yo solo lo callé hablándole del jus soli y el jus sanguini.
A la hora del “lonche” el dueño del hotel me preguntó cuánto valía un divorcio en México. Le dije que era más barato que del otro lado.
En El Paso se supo que yo tenía una profesión. Una trabajadora me invitó a pasear en su “mueble” o sea en su coche; entonces me acordé del consejo de mi padre: si quieres ser libre, no te comprometas tan pronto.
De El Paso salimos una tarde para Pecos. Hacía mucho frío y en un rancho nos metieron a un galerón con camas de alambre para dormir de dos en dos. Tuve mala suerte, a mi compañeros, Rojas, le apestaban las patas.

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