Estar siempre despiertos

René Cesa Cantón

SEGUNDA PARTE

«Vivir despiertos» significa vivir de manera más lúcida, sin dejarnos arrastrar por la insensatez que a veces parece invadirlo todo. Atrevernos a ser diferentes. No dejar que se apague en nosotros el deseo de buscar el bien para todos.
«Vivir despiertos» significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de quien nos necesita. Seguir haciendo esos «pequeños gestos» que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la esperanza de las personas y hacen la vida un poco más amable.
«Vivir despiertos» significa despertar nuestra fe. Buscar a Dios en la vida y desde la vida. Intuirlo muy cerca de cada persona. Descubrirlo atrayéndonos a todos hacia la felicidad. Vivir no solo de nuestros pequeños proyectos, sino atentos al proyecto de Dios.
Cuando en una sociedad, las personas tienen como objetivo casi único de su vida la satisfacción de sus apetencias y se encierra cada una en su propio disfrute allí muere la esperanza. Tal vez, uno de los efectos más graves y generalizados de vivir en una sociedad como la nuestra, que sufre de una “patología de la abundancia”, sea la frivolidad, la ligereza en el planteamiento de los problemas más serios de la vida, la superficialidad que lo invade casi todo. Este cultivo de lo frívolo, se traduce a menudo, en incoherencia fácil mente detectables: las personas satisfechas, no desean nada realmente nuevo. No quieren cambiar el mundo. El presente les satisface y basta. No se revelan frente a las injusticias, sufrimientos y absurdos del mundo presente.
Cuidar la esperanza. Todos vivimos con la mirada puesta en el futuro. Siempre pensando en lo que nos espera. No solo eso. En el fondo, casi todos andamos buscando «algo mejor», una seguridad, un bienestar mayor. Queremos que todo nos salga bien y, si es posible, que nos vaya mejor. Es esa confianza básica la que nos sostiene en el trabajo y los esfuerzos de cada día.
Por eso, cuando la esperanza se apaga, se apaga también la vida. La persona ya no crece, no busca, no lucha. Al contrario, se empequeñece, se hunde, se deja llevar por los acontecimientos. Si se pierde la esperanza, se pierde todo. Por eso, lo primero que hay que cuidar en el corazón de la persona, en el seno de la sociedad o en la relación con Dios es la esperanza.

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