La fuerza sanadora del Espíritu

René Cesa Cantón

El hombre contemporáneo se está acostumbrando a vivir sin responder a la cuestión más vital de su vida: por qué y para qué vivir. Lo grave es que, cuando la persona pierde todo contacto con su propia interioridad y misterio, la vida cae en la trivialidad y el sinsentido.
Se vive entonces de impresiones, en la superficie de las cosas y de los acontecimientos, desarrollando solo la apariencia de la vida. Probablemente esta trivialización de la vida es la raíz más importante de la increencia de no pocos.
Cuando el ser humano vive sin interioridad, pierde el respeto por la vida, por las personas y las cosas. Pero sobre todo se incapacita para escuchar el misterio que se encierra en lo más hondo de la existencia.
El hombre de hoy se resiste a la profundidad. No está dispuesto a cuidar su vida interior. Pero comienza a sentirse insatisfecho: intuye que necesita algo que la vida de cada día no le proporciona. En esa insatisfacción puede estar el comienzo de su salvación.
El Espíritu Santo puede despertar en nosotros el deseo de luchar por algo más noble y mejor que lo trivial de cada día. Puede darnos la audacia necesaria para iniciar un trabajo interior en nosotros.
El Espíritu puede hacer brotar una alegría diferente en nuestro corazón; puede vivificar nuestra vida envejecida; puede encender en nosotros el amor incluso hacia aquellos por los que no sentimos hoy el menor interés.
El Espíritu es una fuerza que actúa en nosotros y que no es nuestra. Es el mismo Dios inspirando y transformando nuestras vidas. Nadie puede decir que no está habitado por ese Espíritu. Lo importante es no apagarlo, avivar su fuego, hacer que arda purificando y renovando nuestra vida. Tal vez hemos de comenzar por invocar a Dios con el salmista: No apartes de mí tu Espíritu.
No son pocas las personas que se sienten hoy indefensas ante los ataques que sufren desde fuera y ante el vacío que las invade desde dentro. La sociedad moderna tiene tal poder sobre los individuos que termina por someter a muchos, apartándolos de lo esencial e impidiéndoles cultivar lo mejor de sí mismos. Atrapadas por lo inmediato de cada día, muchas personas viven demasiado agitadas, demasiado aturdidas por fuera y demasiado solas por dentro como para poder detenerse a meditar sobre su vida e intentar la aventura de ser más humanas.
La publicidad masiva, el afán consumista, los modelos de vida y las modas dominantes imponen su dictadura sobre las costumbres y las conciencias, enmascarando su tiranía con promesas de bienestar. Casi todo nos arrastra a vivir según un ideal que está ya asumido e interiorizado socialmente: trabajar para ganar dinero, tener dinero para adquirir cosas, tener cosas para vivir mejor y ser alguien. ?No es esta la meta de muchos?
No es fácil rebelarse contra esta forma de entender y vivir la vida; se necesita una buena dosis de lucidez y coraje para ser diferente. Las personas terminan casi siempre renunciando a vivir algo más original, noble o profundo. Sin proyecto de vida y sin más ideales, los individuos se conforman con vivir bien y sentirse seguros. Eso es todo.
Para reaccionar ante esta situación, el ser humano necesita adentrarse en su propio misterio, escuchar su vocación más honda, intuir la mentira de este estilo de vida y descubrir otros caminos para ser más humano.
El evangelio de Juan llama al Espíritu Santo con el término de defensor, el que ayuda siempre y en cualquier circunstancia, el que da paz y libertad interior, el Espíritu de la verdad, que mantiene vivo en el creyente el espíritu, el mensaje y el estilo de vida del mismo Jesús. Si él nos alerta severamente sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo es porque este pecado consiste precisamente en cerrarse a la acción de Dios en nosotros, quedándonos desamparados, sin nadie que nos defienda del error y del mal.

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