Con el Jesús en la boca

Por Alejandro Tovar González
Licenciado en Filosofía / Psicoterapeuta Cognitivo-Conductual/Doctorado en Psicología
Miembro de la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha, España

Esta socorrida frase de nuestra cosmovisión cultural, tan común en nuestras abuelas o madres para los que somos de la generación X o los primeros años de los Millennials (ojo, las nuevas generaciones no pertenecen a este grupo, pues a partir de 1995 son Generación Z o Centennials) y que sin lugar a dudas remonta su origen a la religiosidad tan ligada a nuestra sociedad, pues algunos creyentes suelen encomendarse a Jesucristo cuando están en problemas y dicen cosas como ¡Jesús ampárame! Esta invocación de ayuda divina nos lleva a “estar con el Jesús en la boca”. Pero independientemente de su origen o contexto, es así como hoy nos encontramos muchos ante los caóticos acontecimientos y el bajo nivel de consciencia de una buena parte de la población: atemorizados, preocupados, inseguros. Así queda también la familia y los seres queridos cada que sale alguien pues, sin querer sonar fatalista, no existe la certeza de regresar; ahora más que nunca.
Si bien prestar demasiada atención a todo lo lamentable que sucede a nuestro alrededor no es muy recomendable ni sano para nuestros procesos cognitivos, pues nos puede generar depresión, ansiedad o más estrés, tampoco podemos negar que la realidad, al menos en este país, es bastante desastrosa, indignante y/o preocupante, y ya ningún rincón de la República escapa de ello. Hoy no sabemos si cuidarnos de los buenos, los malos o los feos. A esta triste realidad hemos llegado.
Ir a comer a un restaurante implica el peligro de que un grupo de armados pase el costal y nos deje sin pertenencias, además de regalarnos un síndrome de estrés postraumático, por supuesto. Si salimos a tomar un trago también nos exponemos a muchas cosas y más de dos están a las vivas para aventajarnos con nuestro dinero. Si vamos al centro comercial a ver una película o hacer algunas compras, nos arriesgamos a que al salir ya no encontremos el coche o bien, esté “cristaleado”. Trabajar en el comercio es arriesgar la vida ante un balazo, por unos cuantos pesos. Caminar por la calle es sinónimo de arriesgar la vida también, por un celular, una cartera o incluso uno tenis. De comprarnos un carro del año de buen ver ya ni hablamos, pues corremos el riesgo de que a alguien se le antoje quitárnoslo a punta de pistola. Y me quedo corto con lo que aquí he mencionado.
Señores y señoras, cuiden sus bolsitas, cuiden sus bolsillos de todo aquel que se los pueda vaciar, independientemente de su género, de cómo vista o a qué se dedique. Además recordemos que este es “año de Hidalgo” y ya sabemos lo que debe hacer el que deje algo (creo que sabemos de qué hablamos), el hambre esta dura. Si no tiene a que salir no salga, evite exponerse, extreme precauciones, pórtese bien y fíjese más aún. Y ni hablar; esta situación me indigna igual o un tanto más que a usted que lee estás líneas pero pareciera que al final la opinión de las abuelas se ha impuesto y hoy sólo nos queda rezar si es que sabemos, cobijarnos en un poder superior, llamémosle como nos dé la gana, la finalidad es la misma: evitar la agorafobia (temor a espacios abiertos) y poder seguir con nuestra vida “normal”.
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