La intervención francesa en México

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Estamos a 151 años del fin de la intervención francesa en México. La fecha que marca este punto no es el 5 de mayo, sino el 19 de junio de 1867 cuando, frente a tres pelotones de seis hombres, el abdicado emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, es fusilado en el cerro de las Campanas, en Querétaro. Cuatro mil soldados y tres curas arrodillados presencian la ejecución de quien tuvo la mala fortuna de encabezar lo que fue un sueño imposible del mismo Maximiliano y, quizá más, el de su esposa Carlota. “Del gran sueño de Carlota y Maximiliano, que llegaba a su fin, para ella en la demencia y para él en la sangre, ya no queda nada”, dice el historiador francés Alain Gouttman en su excelente libro “La intervención en México, 1862-1867. El espejismo americano de Napoleón III”. Un mes más tarde, Benito Juárez entra a la capital de México, después de cuatro años de vagar por el territorio nacional y, muchas veces, más allá, por suelo norteamericano, acompañado de lo que quedaba del archivo de la nación y de un puñado de tenaces seguidores. Él restablecía la república, gracias a la conjunción de un puñado de factores que daban fin a un episodio de la vida nacional mexicana que la historia oficial ha contado a su manera.
Formando parte de la nueva tendencia de los historiadores de reescribir esas historias que, muchas veces, deforman los hechos con fines ideológicos, Alain Gouttman, explicó que este libro “fue un trabajo humilde que se metió en asuntos complicados”, ya que disiente de la corriente historiográfica de su país“. (http://www.lajornadadeoriente.com.mx/2012-05-16).
Efectivamente, el libro ”La Intervención en México 1862-1867“ desmiente y afirma, entre muchas cosas, estas:
Primera: que la batalla de Puebla fue símbolo de que la república de Benito Juárez había ganado, pues para los franceses fue solo ”un incidente y un fracaso en el camino“.
Segunda: que la idea de Napoleón era instalar, con Maximiliano, una monarquía latina y católica para contrarrestar la creciente influencia de los Estados Unidos. En realidad, el proyecto napoleónico ”buscaba reconstituir el gran México, con todo el elemento hispano que le había sido arrebatado tras la guerra con EU, un país que no era potencia, sino al contrario ‘era poca cosa‘“.
Tercera: Contrariamente a lo que figura en la historiografía francesa, ”Napoleón III tenía una idea clara sobre las acciones que tenía que hacer, las cuales formaban parte de “un concepto y no una locura”. “Lo que él quería era una república unitaria que no se logró gracias al ‘imbécil del general Forey’ que complicó todo, ya que sólo buscaba ser nombrado mariscal” (Ibid). De hecho, el mismo Napoleón, el 1.º de noviembre de 1862, había instruido al comandante en jefe del ejército francés, el general Forey: “Una vez establecido el orden creo que, antes de formar una junta, habrá que hacer votar a todo el pueblo mexicano para saber si quiere una república o una monarquía”. Y mes y medio después le repitió: “La única política a seguir… es… hacer votar, mediante el sufragio universal, al pueblo mexicano, para que decida la forma de gobierno que desea” (p. 171). Órdenes que el general Forey no obedeció.
Cuarta: que esta guerra tuvo para Francia tal costo desorbitante, en dinero y en vidas humanas, que se vio obligada a dar por concluida la participación del ejército. Gouttman da estos datos precisos: la guerra costó a Francia 336 millones de francos en los cinco años que duró la intervención, es decir, unos 60 millones por año, los cuales, considerando el presupuesto que ejercía el estado galo de 2 mil millones de francos, era una suma irrisoria ( p.426). En cuanto a vidas humanas, murieron cerca de 6 500 hombres, de los cuales 1 650 lo fueron en combate, 4 700 por enfermedades y unos 300 víctimas de accidentes u otras causas. El ejército francés tenía, de forma permanente, entre 250 000 y 300 000 hombres. (425).
Por todo lo anterior, concluye el historiador Gouttman, “los grandes vencedores del imperio de México no fueron tanto los liberales mexicanos como el gobierno de Washington que había logrado, por intermediación de los mexicanos, hacer respetar la sacrosanta doctrina Monroe” (427). Y remata su libro reproduciendo estas palabras de los hermanos Goncourt (redactores del “Journal”) refiriéndose a los gringos: “Estos hombres y mujeres [serán] los futuros conquistadores del mundo. Serán los bárbaros de la civilización que se comerán al mundo latino, como en otro tiempo se comieron a los bárbaros de la barbarie” (429).
Para quienes no se conforman con las ideas trasmitidas por las historias oficiales, este magnífico libro de Gouttman es un documento imprescindible, laboriosamente bien documentado y ameno, fruto de un pensamiento sereno, crítico y libre.
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