La madre del cordero

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Rubén Calatayud

Dedico el siguiente artículo a dos taurófilos de hueso colorado: Tosín Solana y Héctor Lammoglia Ruiz.
Yo tenía cuatro años de edad cuando mi padre me llevaba los domingos a las corridas de toros.
Don Samuel Nieto había costeado la construcción de una plaza de toros en el terreno donde hoy está la parroquia de la Virgen de Guadalupe.
La obra era toda de madera y pequeña; se podía lanzar una frase que todo el público escuchaba.
Las funciones iniciaban con un paso doble que tocaba la banda de música llamado La madre del cordero.
Recuerdo uno que otro hechos: la función comenzaba con la presentación en el ruedo de los participantes que lo atravesaban en dos hileras paralelas: toreros, picadores a caballo, peones de brega y, naturalmente por delante el alguacilillo sobre su corcel.
Después de la faena al primer todo yo me dormía porque todo aquello, capotamos, banderillas y picadores me daban sueño. Apenas si recuerdo que una vez cuando llegaron a las gradas los médicos de plaza el gordo Aburto que hacía carne salada y la asoleaba en la calle, lanzó la primera puya: ¡Ya llegaron los matadores!
Otra tarde un hermoso toro negro voló hasta las gradas; era un ejemplar robusto, magnífico, que tenía la punta de uno de sus cuernos rota.
Un domingo la plaza, llamada Onciano Díaz, se llenó por completo en sol y sombra, se presentaría nada menos que el diestro Rodolfo Gaona, triunfador de las plazas de México y España. El señor tuvo una muy breve actuación, suficientes para demostrar su gran calidad taurina; luego salió para el Hotel Zevallos a esperar el paso del tren nocturno para la capital del país.
Me tocó ver a Juan Morán, peluquero muy popular y amigo de todo el mundo caer con todo y asiento sobre la puerta de toriles.
Ese año los miembros del H. Ayuntamiento cordobés fueron a la Ciudad de México a ver una corrida de toros. Mi papá, que era regidor, me trajo dos juguetes de cuerda japoneses: un trenecito y un pajarito que picoteaba el suelo.
En 1948 don Fernando Salmerón me invitó y conocí la gran plaza México; en la corrida torearon el lusitano Diamantino Viceu y Luis Procura, “el berendito de San Juan” que hizo dos magistrales faenas. Entonces ya no me dormí.
Años después asistí a la plaza de toros de Orizaba pero a presentar un espectáculo de defines; poco después el coso resultó tan dañado con el temblor de 1973.