Compra del título de ciudad de Tehuacán

Se ha difundido durante los últimos días a través de los medios de comunicación el episodio de nuestra historia como ciudad, cuando las autoridades virreinales ponen a la venta al mejor postor los títulos de ciudad en 1660 y como, los naturales tehuacaneros, ofrecieron en su momento la cantidad mayor para que les fuera otorgado, por lo que a partir del 16 de Marzo de ese año fuera reconocida Tehuacán como “Ciudad de Indios”, superando en mucho lo ofrecido por los residentes españoles que se sorprendieron en el momento de hacer presentes las ofertas y darse cuenta que habían perdido.

Reflexionando en ese hecho, muchos de nosotros tal vez nos hemos preguntado ¿cómo pudo ser posible que después de más de un siglo de servidumbre de nuestros ancestros ante los conquistadores, pudieran tener los bienes materiales suficientes, para participar con tanta ventaja en esa subasta?

El inolvidable maestro Felipe de la Lanza Gracida Zepeda, nos ha dejado escrita una leyenda casi desconocida que puede darnos la respuesta. Es muy bella y nos cuenta del último monarca de los pueblos de este valle llamado Tlipitlcotzin, quién fue abatido en una incursión de guerreros mexicas que por órdenes del emperador Ahuitzol, anterior a Moctezuma, vinieron a nuestras tierras a capturar hombres y mujeres para sacrificar a sus Dioses y fueron rechazados con valor. Sabiendo que volverían con sed de venganza, se preparó en el cerro Colorado una serie de cavernas para ocultar al pueblo, sus tesoros y la reina, hija del monarca abatido. No tardaron en regresar y aunque sitiaron el cerro por veinte años no lograron su malvado encargo de llevar cautivos a los tehuacaneros porque tenían salidas ocultas para aprovisionarse de agua y alimentos.

Vino luego la conquista, pero guardianes se fueron renovando con el tiempo para cuidar de ese gran tesoro de nuestro pueblo. El tiempo siguió su marcha y cuando se conoció la posibilidad de comprar para los naturales el título de ciudad, ya que los custodios siempre eran informados de lo que ocurría al exterior de su refugio, acordaron que era la mejor forma de emplear esa riqueza.

¿Será verdad? Las leyendas, por transmisión oral o escrita, son amalgama que sirve para pegar las piezas del rompecabezas de la historia. De usted, amable lector, es el mejor juicio.

Por Guadalupe Martínez Galindo

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