Vida y muerte: una reflexión teológico-fundamental

“No existen dos teologías, una sobre la vida y el más acá, otra sobre la muerte y el más allá. Vida y muerte se entrelazan y hermanan entre sí; por eso han de ser pensadas conjuntamente”.
La vida y Dios se establecen como realidades que se conducen no abstracta sino históricamente. Ambas realidades acontecen y así son. Este dinámico condecirse de Dios y la vida no excluye la muerte como realidad que esencialmente atañe al hombre, sino que lo confronta con el sentido de su radical finitud e inmanencia y, a la vez, cuestiona el significado que se haga de la infinitud y trascendencia de Dios. Ahora bien, la afirmación de fe en el Dios de Jesucristo no parece ser incompatible con afirmar un morir de Dios, sin que, al superar el esquema de una divinidad inmutablemente apática y ajena al destino de muerte que aflige al hombre, más bien resuelve la contradicción entre vida y muerte en tanto postula una identificación de Dios con un hombre muerto, Jesús de Nazareth, a quien proclama resucitado. De este modo da nombre a la unidad de la diferencia de vida y muerte estableciendo la persona de Jesús como concreta clave de desparadojización de la fe cristiana.
El tema de la vida tiene un significado teológico fundamental. Así lo sintetiza un texto cuya lectura me impresionó al iniciarme en mis estudios teológicos: “Dios, que vive, nos llama a la vida eterna. De un extremo a otro de la Biblia un sentido profundo de la vida en todas sus formas y un sentido muy puro de Dios nos revelan en la vida, que el hombre persigue con una esperanza infatigable, un don sagrado en el que Dios hace brillar su misterio y su generosidad”. El artículoVie del Vocabulaire de théologie bibliqueproseguía: “EL DIOS VIVIENTE. Invocar `al Dios viviente‘ (Jos 3, 10, Sal 42, 3…), presentarse como el `servidor del Dios viviente’ (Dan 6, 21, 1Re 18, 10.15), jurar `por el Dios viviente‘ (Jue 8, 19; 1Sa 19, 6…) es no solo proclamar que el Dios de Israel es un Dios poderoso y activo, es también darle uno de los nombres que más estima (Núm 14, 21; Jer 22, 24; cf. Ez 5, 11…), es evocar su extraordinaria vitalidad, su ardor devorador `que no se fatiga ni se cansa’ (Is 40, 28), ‘el rey eterno… ante cuya ira se es impotente’ (Jer 10, 10), el `que perdura para siempre …que nos salva y libera, obra signos y maravillas en los cielos y la tierra‘ (Dan 6, 27s).
La estima que la Biblia asigna a este nombre es signo del valor que para ella tiene la vida”. La fundamentalidad de la vida como tema de la teología se radicaliza todavía más si recordamos lo que nos enseña un erudito y penetrante especialista del Antiguo Testamento. Claus Westermann, tratando de clarificar cuál es el estatuto epistemológico de la teología veterotestamentaria, introduce al tema en los siguientes términos: “Hablar de Dios es hablar del todo. Una característica del Antiguo Testamento consiste en que su discurso se refiere al todo. Empieza con el principio del mundo y la humanidad en la creación, y anuncia en las Apocalipsis el fin del mundo y de la humanidad. Incluye principio y fin, habla de Dios en lamedida que habla del todo”. A continuación, Westermann establece una distinción que le permite determinar una dimensión específica de la teología veterotestamentaria: “Del todo es posible hablar de dos maneras fundamentalmente diversas, como lo que es o como lo que acontece; como lo existente o como lo aconteciente. En el Antiguo Testamento el todo es comprendido como lo aconteciente, como lo que acontece desde la creación al fin del mundo. Lo aconteciente predetermina lo existente”.
Según lo anterior tendríamos que la vida no se estipula como un tema teológico más, como un tópico objetualmente cuantificable y paralelizable a otros, sino que, primigeniamente, del mismo Dios se habla como de la vida, como del “Dios viviente”, como del “todo aconteciente”. No cabe hablar de la vida sin hablar de Dios y tampoco cabe hablar de Dios sin hablar de la vida. Vida y Dios se postulan como dimensiones de la realidad que se condicen. Hablar de la vida comporta inexorablemente hablar de Dios como realidad fundamental que acontece en cuanto vida, la cual, por su parte se sustenta en Dios mismo como en su principio y fin, como en su fundamento y futuro. La vida es en Dios y Dios acontece en la vida.