¿Qué podemos hacer?

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René Cesa Cantón

¿Qué podemos hacer?

Juan Bautista proclamaba en voz alta lo que muchos sentían en aquel momento: hay que cambiar; no se puede seguir así; es necesario volver a Dios. Según el evangelista Lucas, algunos se sintieron cuestionados por su predicación y se acercaron al Bautista con una pregunta decisiva: ¿qué podemos hacer?
Por muchas llamadas de carácter político o religioso que se escuchen en una sociedad, las cosas solo empiezan a cambiar cuando hay personas que se atreven a enfrentarse a su propia verdad, dispuestas a transformar su vida: ¿qué podemos hacer?
El Bautista tiene las ideas muy claras. No les invita a acudir al desierto a vivir una vida ascética de penitencia, como él. Tampoco les anima a peregrinar a Jerusalén para recibir al Mesías en el templo. La mejor manera de preparar el camino a Dios es, sencillamente, trabajar por una sociedad más solidaria y fraterna, menos injusta y violenta.
Juan no habla a las víctimas, sino a los responsables de aquel estado de cosas. Se dirige a los que tienen «dos túnicas» y pueden comer; a los que se enriquecen de manera injusta a costa de otros; a los que abusan de su poder y de su fuerza.
Su mensaje es diáfano: no se aprovechen de nadie, no abusen de los débiles, no vivan a costa de otros, no piensen solo en su bienestar: «El que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo». Así de simple. Así de claro.
Aquí termina nuestra palabrería. Aquí se desvela la verdad de nuestra vida. Aquí queda al descubierto la mentira de no pocas formas de vivir la religión. ¿Por dónde podemos empezar a cambiar la sociedad? ¿Qué podemos hacer para abrir caminos a Dios en el mundo? Muchas cosas, pero nada tan eficaz y realista como compartir lo que tenemos con los necesitados.
Repartir con el que no tiene. La palabra del Bautista tocó el corazón de las gentes. Su llamada a la conversión para iniciar una vida más fiel a Dios despertó en muchos una pregunta concreta: ¿qué debemos hacer? Es la pregunta que brota en nosotros cuando escuchamos una llamada radical y no sabemos cómo concretar nuestra respuesta.
Lo más decisivo es abrir nuestro corazón a Dios mirando atentamente a las necesidades de los que sufren. El Bautista resume su respuesta con una fórmula genial por su sencillez y verdad: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo».
¿Qué podemos decir ante estas palabras quienes habitamos en un mundo donde más de un tercio de la humanidad vive en la miseria, luchando cada día por sobrevivir, mientras nosotros seguimos llenando nuestros armarios con toda clase de túnicas y tenemos nuestros frigoríficos repletos de alimentos? ¿Y qué podemos decir los seguidores de Jesús ante esta llamada tan sencilla y tan humana? ¿No hemos de empezar por abrir los ojos de nuestro corazón para tomar conciencia de que vivimos sometidos a un bienestar que nos impide ser más humanos?
Los cristianos no nos damos cuenta de que vivimos «cautivos de una religión burguesa» El cristianismo, tal como nosotros lo practicamos, no tiene fuerza para transformar la sociedad del bienestar. Al contrario, es esta la que está vaciando nuestro seguimiento de Jesús de valores tan genuinos como la solidaridad, la defensa de los pobres, la compasión o la justicia.
Por eso hemos de agradecer el esfuerzo de tantas personas que se rebelan contra este cautiverio, comprometiéndose en gestos concretos de solidaridad y cultivando un estilo de vida más sencillo, austero y humano. Nos recuerdan el camino que hay que seguir.
¿Nos atrevemos a compartir? Los medios de comunicación nos informan cada vez con más rapidez de lo que acontece en el mundo. Conocemos cada vez mejor las injusticias, miserias y abusos que se cometen diariamente en todos los países, especialmente en el nuestro.
Esta información crea fácilmente en nosotros un cierto sentimiento de solidaridad con tantos hombres y mujeres, víctimas de un mundo egoísta e injusto. Incluso puede despertar un sentimiento de vaga culpabilidad.
Pero, al mismo tiempo, acrecienta nuestra sensación de impotencia. Nuestras posibilidades de actuación son muy exiguas. Todos conocemos más miseria e injusticia que la que podemos remediar con nuestras fuerzas. Por eso es difícil evitar una pregunta en el fondo de nuestra conciencia ante una sociedad tan deshumanizada: «¿Qué podemos hacer?».
Las sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nosotros. Las estructuras reflejan demasiado bien el espíritu que nos anima a casi todos. Reproducen con fidelidad la ambición, el egoísmo y la sed de poseer que hay en cada uno de nosotros.