Morir o no morir

Morir o no morir

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

“Gabriel, fue un honor haberte conocido… Dios te reciba en su reino y te haga descansar en paz, resignación a toda la familia, una lamentable pérdida, te llevas a una buena persona, ánimo y un fuerte abrazo, bendiciones amigo y compañero, ánimo a tus nenes que dejas en esta vida, cuídate y protégelos desde el lugar en que te encuentres”.
Gabriel era padre amoroso de tres hijos. Falleció en un accidente. Sus amigos, al enterarse de la fatal noticia, le escribieron estas sentidas y apesadumbradas frases en su “muro” del Facebook. Al principio su joven esposa se rehusó a hacerlo, pero pasados los días, se atrevió a escribirle también: “Hola gordo, hoy me hiciste mucha falta, es muy difícil la vida sin ti”. Su mensaje fue aplaudido y los amigos y familiares la secundaron con muchos comentarios sobre las bondades del fallecido y deseando a ella pronta resignación. Ella, que no era afecta a las redes sociales, lo justificó: “Yo me sentí muy bien de escribirle, sentí que era una forma de comunicarme con él, además pensé que era una forma de involucrarlo en nuestra vida cotidiana, así como una manera de hacerlo presente y que nunca lo olvidaran”.
Ante la reacción tan favorable a sus palabras, la joven esposa decidió repetir sus mensajes, lo que hizo ahora cotidianamente. Al cumplirse un año del fallecimiento de su amado esposo, la joven viuda se decidió a contratar un “cementerio virtual”, para publicar sin restricciones ni interferencias los “diálogos” con su cónyuge, además de facilitar a familiares y amigos la permanente comunicación. Esta se produjo inicialmente, pero, con el paso del tiempo, la frecuencia de los mensajes disminuyó, lo que ella reclamó a todos. “Les dije que ese espacio era como si estuviera aún con nosotros, como si pudiéramos comunicarnos con él, ¿qué tal si desde donde está puede leer nuestros mensajes y saber que no lo olvidamos?”. Los familiares trataron de explicarle que era mejor aceptar que Gabriel ya no estaba ni estaría jamás con ellos: “por más que nos duela, debemos aceptar que él ya no está aquí”, le dijo su mejor amigo. Ella explicó que, “cuando él vivía, en muchas ocasiones peleábamos y nos dejábamos de hablar durante días, e incluso durante semanas, y él era quien me buscaba, pero ahora no puedo dejar de hablar de él y con él”. Y, aunque se propuso dejar de escribirle a diario, no pudo hacerlo, “pues advirtió que algo no estaba bien, ya que extrañaba cada vez más a su esposo, e incluso estaba convencida de quererlo más”.
Este relato, trasladado aquí en forzado resumen, forma parte de un interesantísimo artículo de Verenise Sánchez, publicado en la Agencia Informativa Conacyt(http://www.conacytprensa.mx/31/10/18). En élnarra algo que es tan común en la sociedad actual. La muerte de un ser querido no pasa ya por el duelo habitual. Con los recursos de internet, el duelo se ha vuelto un viacrucis interminable y los deudos, especialmente los más allegados y queridos, son extrañados y llorados permanentemente. Más allá de la normal esquela y del recurso recomendado de conservarlos en la memoria, como era lo habitual, ahora se conservan es las redes sociales, en “cementerios virtuales” que estas favorecen y venden (ahora también financiados por anuncios), aprovechando los casi ilimitados recursos con que cuentan para “alargar” la vida de los seres queridos o “visitarlos” y conversar con ellos.
Y los lectores, generalmente, aplauden o, por lo menos, respetan estos sentimientos expresados públicamente. Incluso, sabiendo que en algunos casos (y no poco frecuentes, por cierto) ese amor, ese sentimiento de ausencia, esos “te extraño”, “no puedo vivir sin ti”, “nada puede hacer que te olvide”, “fuiste el mejor padre del mundo”, “cada día me haces más falta”, etc., etc., no son expresiones que hayan correspondido a la realidad. Sabemos que las redes sociales, blogs, facebook, watsap, chats, messenger, instagram, etc., quizá por el distanciamiento físico, sirven y favorecen la expresión sin cortapisas de sentimientos que no fueron ni expresados ni (algunas veces) realmente sentidos en la vida del fallecido. El escenario y el público son sumamente favorables y los mensajes inobjetables en términos de solidaridad y empatía, al menos las manifestadas también en esos mismos escenarios.
El riesgo, como escribe la articulista citando a Guadalupe Medina Hernández, tanatóloga y profesora de la facultad de Psicología de la UNAM, es que “estos son claramente los síntomas de un trastorno psicológico. Se vive en una simulación porque uno ya sabe que se murió pero le escribo y me invento que aún sigue vivo, entonces no vivo un duelo normal y se convierte en un duelo patológico… Lo sano es aceptar que esa persona ya no está y aprender a vivir sin esa persona. Obvio que ya nada será igual, pero eso no significa que la vida debe ser triste”.
[email protected]