Recibidos y despedidos

Rubén Calatayud

Durante la intervención francesa don Benito Juárez huyó del enemigo y salió en una carretela hacia los Estados Unidos a donde llegó a paso del Norte, hoy Ciudad Juárez. Más tarde, vencidos el emperador Maximiliano y sus partidarios volvió a su patria y comentó con sus allegados del sorprendente progreso de aquella nación opinando que se debía en gran parte a la diversidad de razas que la poblaban y que en México se podría hacer lo mismo pero no le tocó ni siquiera intentarlo pues se murió siendo presidente.
Tocó a uno de sus sucesores, Manuel González, realizar ese proyecto y en Italia circuló un periódico en que se invitaba a la gente a venir a México donde se recibiría bien a los inmigrantes con tierras a la gente y lo necesario para comenzar su nueva vida.
Entonces en el Véneto parte de la población se quejaba por llevar una existencia demasiado pobre, porque ya las tierras estaban ocupadas y no había trabajo y así fue como un nutrido grupo de italianos decidió venir a radicar en nuestro país.
Parte de los recién llegados arribó a unos montes cercanos a la ciudad de Huatusco; no encontraron nada de lo ofrecido, salvo las tierras y pasaron mucho tiempo padeciendo por las falsas promesas del gobierno mexicano pero se pusieron a trabajar con un ahínco ejemplar, día y noche, hasta satisfacer sus carencias y ahora todavía los bisnietos de aquellos viajeros laboran arduamente y en distintos trabajos siguiendo el ejemplo de sus mayores.
En España, por el año de 1938 o 39 los republicanos, vencidos por el franquismo, habían pasado la frontera y en campos de concentración franceses esperaban un lugar donde se les recibiera; hubo dos opciones: o la Unión Soviética o México y así fue como muchos se vinieron a México en navíos que arribaban a los puertos de Veracruz y Coatzacoalcos. En ambas ciudades les sorprendió que los diarios capitalinos reseñaron los triunfos de los franquistas y que se criticaba la decisión de Cárdenas por recibir sin distinciones a buenos y malos.
Con el paso de los días cada recién llegado se fue acomodando. Efectivamente hubo de todo, extremistas, delincuentes pero nunca estuvo la Universidad Nacional Autónoma de México tan bien dotada de catedráticos como en ese tiempo. Pasando a otra época y cuando México le declaró la guerra a los países del eje Roma Berlín se detuvieron a los marinos de dos barcos italianos anclados en Tampico y se les llevó presos a la fortaleza de San Carlos, en Perote; allí mismo se encerró a los alemanes de este país donde se les despidió hasta el fin de la guerra y se les dieron mil pesos a cada uno.

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