No litigues jamás

Rubén Calatayud

El Poder Judicial mexicano padece graves males.
En primer lugar, no hay suficientes juzgados. Tampoco alcanzan las fiscalías, todo por el exceso de trabajo.
El personal de los juzgados lo nombra el Poder Ejecutivo con elementos que llegan allí por influencias políticas. Los recién recibidos de la universidad deberían hacer un curso especial y aprobarlo; también los secretarios.
Hoy los escribientes se integran con los conserjes y van aprendiendo a llevar una mesa con el paso del tiempo. Los jueces cumplen con su deber encerrándose en su oficina para dictar de cinco a seis autos de formal prisión y luego algunas sentencias. Los secretarios actualmente reciben las promociones y contestan el teléfono. Nadie vigila la toma de declaraciones, los careos y demás diligencias.
Todo el personal tiene la puerta abierta para la corrupción, claro, con excepciones.
Hay insuficiencia e impreparación y los interesados en arreglar un conflicto prefieren hacerlo por fuera porque “más vale un mal arreglo” que un pleito que puede durar años contando con este o el otro abogado.
Toca a los jueces llevar al cabo la instrucción de los expedientes, hasta la sentencia. En segunda instancia los magistrados se ocupan de revisar apelaciones y revisiones, labores que requieren mejores conocimientos pero más cómodo que el de los jueces inferiores; por ello, éstos deberían ganar la misma cantidad que los magistrados pues aparte de lo antes dicho tienen la obligación de lidiar con los litigantes.
La Justicia en este y otros países y las personas que han tenido la experiencia se limitan diciendo: la Justicia es un don de Dios, el que mata con fierro a fierro muere o “no litiguen jamás”, esto último lo escribieron los griegos en el monte Olimpo, hace más de 2,400 años.

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