El libro de un hombre solo

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

China, ese inmenso país de más de mil millones de habitantes, vivió en la segunda mitad del siglo XX (1966-1976) una inmensa revolución económica, política y “cultural” encabezada por Mao Zedong (Tse Tung). Esa revolución, precedida por el llamado “Gran Salto adelante” (1958), pregonada como una alternativa al marxismo de los países de atrás de la cortina de hierro y al capitalismo occidental, se convirtió en una verdadera catástrofe: murieron de hambre millones de chinos y fueron conculcadas todas las libertades en aras de una supuesta supresión de clases y de la consecuente “dictadura del proletariado”, que pronto se reveló como una gran dictadura del Partido.
Finalmente, todo culminó con la muerte de Mao y ahora China tiene el perfil de un país consumista e imperialista, globalizado y trasnacional.
Esta época, sus revoluciones y las tribulaciones de un hombre “rebelde”, forman la médula de El libro de un hombre solo, escrito por Gao Xingjian, quien recibió el Nobel de Literatura en el año 2000. Testimonio que, lejos de sumarse a una literatura de masacres y lamentos, describe las tribulaciones del mismo autor bajo la tiranía del maoísmo con parsimonia, ecuanimidad y un silencioso e inmenso dolor.
Después de presenciar y vivir la caída y aniquilamiento de todos sus conocidos y amigos, acusados unos y otros de pertenecer a alguna de las “categorías negras” (terratenientes, campesinos ricos, contrarrevolucionarios, enemigos públicos y derechistas), la muerte de su madre en una de las comunas de “reeducación por el trabajo” y de ver a su padre acosado por cargar en su pasado un favor que hizo a un compañero de trabajo y que es catalogado de alta traición, Gao buscará sobrevivir en ese mundo de opresión adoptando la “máscara” de payaso: alabando y gritando los eslóganes que le permitan eludir la persecución, la difamación y, finalmente, el linchamiento político. Sin embargo, llegará el momento en que su papel de comparsa ya no le sea suficiente y, perseguido de cerca por los esbirros del Partido, se refugiará en una comuna agrícola, trabajando en los arrozales hasta que su interesada amistad con un líder político local lo lleva a ejercer de maestro improvisado de una abandonada escuela rural.
Fracasado en su matrimonio, sus breves y esporádicas relaciones con mujeres le sirven de válvulas de escape. Mientras vive en la China continental, estos encuentros fortuitos siempre se dan de forma clandestina y a salto de mata, pues el Partido lo controla todo, incluso la vida sexual de las personas. Pero, una vez ubicado en el exterior, sus frecuentes e impetuosas vivencias eróticas revelarán la búsqueda y afianzamiento de su libertad, de su espíritu rebelde, de su intenso amor a la vida.
La novela es narrada en forma autobiográfica, en donde el protagonista se desdobla en un “él” que representa el pasado y un “tú” representando el presente. En ella Gao nos habla de miles de individuos que son vejados por las calamidades políticas, lavados del cerebro e idiotizados por una “doctrina” de índole totalitaria. Dice: “Se puede estrangular a un hombre, pero, sea cual sea su debilidad, no se puede estrangular su dignidad. Si el hombre es hombre es porque posee un mínimo de dignidad personal que nadie puede aniquilar. Aunque el hombre sea como un gusano, sabemos que ese insecto tiene una dignidad; si lo aplastamos, antes de morir puede hacerse el muerto, debatirse, intentar huir, y la dignidad del insecto no se puede destruir (…) Si no hay otro modo de protegerla, si no lo matan ni se suicida, si no tienes ganas de morir, solo le queda la huída” (pág.483).
Gao huye de China, huye de la máquina aniquiladora que pretende usurparle ese reducto de conciencia de la existencia y, ubicado en un espacio libre, sin tirano a la vista, aunque ya viejo, se siente con la suficiente energía para “transformar lo podrido en algo maravilloso”. Por eso, la novela, aunque cruda y triste, es un canto de amor a la vida, en el que el autor expone la tragedia de la debilidad de la naturaleza humana y muestra la gran compasión que siente por esa debilidad. Por este motivo nunca juzga a quienes guardan aterrorizado silencio ante las falsas acusaciones y ante las abominaciones que se cometen a propósito de las “depuraciones” del Partido.
Cuando, una vez muerto Mao, desfila para ver por primera y única vez a quien les llenó la vida de penalidades a millones de chinos, Gao simplemente dirá: “desde luego, no eres mi amigo” y, en paz consigo mismo y con su pasado, buscará en el exilio reemprender la vida por la que siempre luchó.

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