San Isidro Labrador

El quince de mayo se celebra y dedica el día a San Isidro Labrador y en México ya tiene mucho tiempo en que esa fecha está dedicada a los maestros. Con este motivo en 1936 fui llevado por mi padre a Cacahuatal donde don Pedro Marín y su hermano Chano habían visto una bandada de loros grandes y de cabeza azul, aves que no eran ni son de esta región. Bien valía la pena de acudir al llamado de don Pedro.
El arribo a esa congregación de Yanga se logró a pie porque no había ni siquiera camino de herradura.
Cacahuatal tenía apenas dos o tres casas y la vegetación era muy grande, variada y tupida.
Don Pedro nos condujo a un cerro cercano y así llegamos hasta un árbol de oscuro follaje, ahí estaban los loros pero por largo tiempo nos los miramos y solo tirando un disparo de escopeta al aire, la bandada salió volando y no la volvimos a ver.
Cacahuatal encantó a los cazadores del grupo de mi padre y fuimos varias veces aprovechando que en tiempo de secas se podía tirar a las perdices, muy distintas a las españolas; allá se llama a nuestras perdices gallinas de pradera, tienen un bello plumaje abado y son muy esquivas y difíciles de tirar. Tienen una rara presencia, se les mira como si tuvieran el cuello muy largo; además el color de su plumaje se confunde con la hierba y la hojarasca, de ahí que nuestras perdices no sean aves en peligro de extinción pues desaparecen con las lluvias de la segunda quincena de mayo y nadie las vuelve a ver.
En Cacahuatal también fuimos a un cerro donde había jabalíes, sitio denominado “el abra del Rosario”.
En aquellas salidas al campo el 15 de mayo los campesinos preparaban sus tierras con las yuntas de bueyes, les adornaban los cuernos con papel de china de colores en honor a San Isidro Labrador.
Pasados tantos años sin regresar a Cacahuatal encontré a uno de los hijos de don Pedro Marín en Córdoba; me dijo que tenía un puesto en Pemex y se acordó de nosotros.
Se supo aquí que un pillo se hizo pasar ante un notario público como Gil Núñez, propietario de un rancho en Cacahuatal; que otorgó ante el fedatario un poder amplísimo a favor de otra persona que de inmediato “vendió” lo que no era otorgado por éste, fallecido muchos años antes; esa es otra historia que ya no me toca contar.