Recuperar el horizonte

Opinión

Recuperar el horizonte

René Cesa Cantón

Según el magnífico estudio La esperanza olvidada, del pensador francés J. Ellul, uno de los rasgos que mejor caracterizan al hombre moderno es la pérdida de horizonte. El hombre actual parece vivir en un mundo cerrado, sin proyección ni futuro, sin apertura ni horizonte.
Nunca los seres humanos habíamos logrado un nivel tan elevado de bienestar, libertad, cultura, larga vida, tiempo libre, comunicaciones, intercambios, posibilidades de disfrute y diversión. Y, sin embargo, son pocos los que piensan que nos estamos acercando al paraíso en la tierra.
Sin embargo han pasado los tiempos en que grandes sectores de la humanidad vivían ilusionados por construir un futuro mejor. Hoy los hombres parecen cansados. No encuentran motivos para luchar por una sociedad mejor y se defienden como pueden del desencanto, la violencia y la desesperanza.
Son cada vez menos los que creen realmente en las promesas y soluciones de los partidos políticos. Un sentimiento de impotencia y desengaño parece atravesar el alma de nuestra sociedad. Las nuevas generaciones están aprendiendo a vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizarse solo el presente. Y cada vez son más los que viven sin un mañana.
Hay que vivir el momento presente intensamente. No hay mañana. Unos corren al trabajo y se precipitan en una actividad intensa y deshumanizadora. Otros se refugian en la compra y adquisición de cosas siempre nuevas, y la mayoría inútiles. Muchos se distraen con sus programas preferidos de televisión. Pero son pocos los que, al salir de ese cerco, aciertan a abrir un futuro de esperanza para sus vidas.
Y, sin embargo, el ser humano no puede vivir plenamente sin esperanza. Como dice san Clemente de Alejandría, somos viajeros que siguen buscando algo que todavía no poseemos. Nuestra vida es siempre expectación. Y cuando la esperanza se apaga en nosotros, nos detenemos, ya no crecemos, nos empobrecemos, nos destruimos. Sin esperanza dejamos de ser humanos.
Solo quien tiene fe en un futuro mejor puede vivir intensamente el presente. Solo quien conoce el destino camina con firmeza a pesar de los obstáculos. Quizá sea este el mensaje más importante del relato de la Ascensión para una sociedad como la nuestra.
Para quien no espera nada al final, los logros, los gozos, los éxitos de la vida son tristes, porque se acaban. Para quien cree que esta vida está secretamente abierta a la vida definitiva, los logros, los trabajos, los sufrimientos y gozos son anhelo y anuncio, búsqueda de la felicidad final.
El cielo no se puede describir, pero lo podemos pregustar. No lo podemos alcanzar con nuestra mente, pero es difícil no desearlo. Si hablamos del cielo no es para satisfacer nuestra curiosidad, sino para reavivar nuestro deseo y nuestra atracción por Dios. Si lo recordamos es para no olvidar el anhelo último que llevamos en el corazón.
Ir al cielo no es llegar a un lugar, sino entrar para siempre en el Misterio del amor de Dios. Por fin, Dios ya no será alguien oculto e inaccesible. Aunque nos parezca increíble, podremos conocer, tocar, gustar y disfrutar de su ser más íntimo, de su verdad más honda, de su bondad y belleza infinitas. Dios nos enamorará para siempre.
Qué plenitud alcanzará en Dios la ternura, la comunión y el gozo del amor y la amistad que hemos conocido aquí. Con qué intensidad nos amaremos entonces quienes nos amamos ya tanto en la tierra. Pocas experiencias nos permiten pregustar mejor el destino último al que somos atraídos por Dios.